MANO A MANO. Vol. I. Número 3.
PRESENTACIÓN DE ESTE NÚMERO
Continuando con el trabajo de reflexión psicoanalítica acerca de la guerra hemos incorporado en este número, dos de las tres ponencias presentadas en el Simposio El Psicoanálisis y el Malestar en la Cultura que hizo parte del XLII Congreso Nacional de Psiquiatría realizado en la ciudad de Cali en octubre de 2003.
Debe aclararse que las dos ponencias fueron escritas y presentadas en público días antes de asistir al fracaso de la convocatoria al Referendo y el triunfo electoral, en algunas regiones, de candidatos opositores al gobierno. No obstante, lo ocurrido no constituye contradicción alguna con los análisis realizados toda vez que los mismos intentan ir más allá de la simple coyuntura aunque en algunos de sus apartes deban hacer referencia a elementos de tal característica.
Lo sucedido no hace más que confirmar la complejidad de que goza la realidad colombiana, lo que reclama del pensamiento la rigurosidad más decidida que nunca y al margen de las siempre excesivas simplificaciones con las que se tiende a mantener la intensidad del conflicto extendiendo el campo de batalla a la polémica entre intelectuales.
No sobra advertir el asombro que suscita el hecho de que en contraste con los resultados electorales haya quien insista en derivar la legitimidad de una política gubernamental de una supuesta popularidad atribuible a encuestas y encuestadores que encontraron en el resultado electoral mismo la mejor demostración de sus límites cuando no la evidencia de sus falacias.
El sábado 25 de octubre de 2003 el unanimismo descubrió asombrado una brecha entre su imaginario y la realidad de las urnas; el 25 su asombro creció: conoció una parte del porqué.
Pensar con el deseo describe algo más que la supervivencia de un procedimiento imaginario infantil: es costoso, incluso si los actos que se llevan a cabo para que la realidad se parezca a lo imaginado se presenten como destinados a introducir racionalidad en el gasto público. Por eso hay quien afirma que lo del referendo fue un simple metida de plata, un despilfarro injustificable.
Más allá de los vaticinios orquestados (costos que deben sumarse a los del despilfarro oficial), la realidad tuvo más contundencia que la esperada inclusive por los mismos opositores al Referendo. Se trata de una realidad huérfana de predictores, confirmatoria del predominio de su asalvajamiento y de su complejidad.
Una realidad que exige más que siempre declararnos instalados en saber que no sabemos, instalación necesaria para construir un saber.
Una realidad sobre la cual nadie puede postularse como padre único de la misma, a no ser que desee escamotear el lugar que es propio de todo padre, el de la mortalidad. Mortalidad que denuncia al vengador del lado de la idiotez más que de patriotismo alguno.
EL MALESTAR COLOMBIANO EN LA CULTURA
Por Oscar Espinosa Restrepo
Médico Psicoanalista
PREFACIO
Después de haber escrito mi ponencia sobre El Malestar Colombiano en la Cultura apareció en la revista NUMERO (38) un extraordinario ensayo tituladoLo Sagrado y la Violencia Raíces de la Violencia Actual en Colombia del filósofo colombiano residente en Suecia Camilo García.
Comienza citando un discurso de Laureano Gómez en el senado pronunciado en contra de la posible reelección del hombre que había realizado reformas modernizadoras: “Me permito para que quede bien expresado en la mente colombiana y para que contribuya a la formación de esa conciencia que ahora estoy formado: hay cosas que el señor López atropelló, desconoció y ultrajó; cosas que son sagradas para la inmensa mayoría del país”. …”si vuelve a la primera magistratura continuará oprimiendo, destruyendo y aniquilando esas mismas COSAS SAGRADAS, es decir nos declara la guerra. Y nosotros no podemos menos, en cumplimiento de un deber elemental, que aceptar esa declaración y tenemos que prepararnos para la guerra no SOLO COMO UNA COSA LÍCITA SINO COMO UNA NECESIDAD DEL MOMENTO.” Más adelante y basándose en la autoridad del conocido teólogo Padre Mariana afirma que “Si el rey (entiéndase el gobierno liberal modernizador) atropella al reino, oíganlo bien honorables senadores, si el rey atropella el reino, entrega al robo las fortunas públicas y privadas y desprecia….la sacrosanta religión, si su arrogancia, su impiedad llegasen hasta insultar la divinidad misma, entonces”…se debe terminar…”haciéndole la guerra….declararlo enemigo público, darle muerte.”
Lo que quiero subrayar con esta especie de preámbulo que me llegó después de escrita mi ponencia es sobretodo La profunda contradicción subyacente entre la defensa de la sagrada divinidad misma y la sacrosanta propiedad privada. Voy a demostrar enseguida que el verdadero defensor de la fe, el caballero de la fe de Kierkegaard, Abraham, por el contrario estuvo dispuesto a sacrificar la propiedad más preciada: la vida de su hijo para afirmar su pertenencia absoluta a la divinidad. Quiero que tengáis presente esa contradicción como fundamento de las consideraciones que presento sobre el malestar cultural colombiano.

DON QUIJOTE LEYENDO. Ilustración de Gustavo Doré
PONENCIA
Lo psíquico es el lugar de donde nada puede desaparecer jamás. Por lo tanto, si la cultura es una de las formas de existencia de lo psíquico todo lo que en ella se conserva puede resurgir, desde un pasado aparentemente olvidado, en un presente que, por su configuración, lo atrae. La vivencia más frecuente del resurgimiento es el malestar indefinido con lo que está sucediendo en la actualidad. Contra dicho malestar se erigen toda clase de defensas que en vez de aliviarlo suelen agravarlo.
Este fenómeno está en la raíz de lo que se ha dado en denominar “pesimismo freudiano”; la verdad es que el pretendido pesimismo no radica tanto en el descubrimiento de un “malestar en la cultura” sino en el descubrimiento de que el hombre necesita un remedio para dicho malestar. Tal demanda de remedio alimenta la exigencia de encontrar una finalidad trascendente para la vida y eso inevitablemente enemista al hombre con la verdad, alimenta la ideología de un sujeto libre y autónomo que, sin embargo, al ignorar las causas que lo mueven a actuar pierde toda posibilidad de modificarlas y modificarse.
Pero la necesidad de un fin trascendente para la vida puede tener una consecuencia peor a escala de lo social cultural. Porque no hay fin trascendente para la vida que no se funde en una metafísica y en la fe en Dios como principio absoluto; no cualquier fe, es necesaria una fe como la de Abraham, justamente llamado por Kierkegaard (Temor y Temblor) “el caballero de la fe”; porque Abraham antepone su amor y su obediencia a Dios a todo amor y a todo deber, vale decir antepone el principio de lo absoluto a todo principio estético o ético. Si Agamenón, como héroe trágico, renuncia a sí mismo para expresar lo general, entregando su hija Ifigenia al sacrificio para que cesen los sufrimientos que impuso Artemisa a los aqueos, que él comanda, Abraham, como caballero de la fe, renuncia a lo general, que prohibe el asesinato del hijo, para convertirse en ese Individuo absoluto, sólo obediente a Dios, Individuo que debería reproducirse en adelante en todo sujeto realmente creyente. Si la fe se debilita Dios muere, al menos como principio absoluto rector de la vida. Y si Dios muere, “todo está permitido”; es lo que Dostoyevsky, pensador religioso por excelencia, hace exclamar a Ivan Karamazov, designando en esa exclamación el origen del nihilismo.
El nihilismo, en tanto que principio filosófico y político, surge en la Rusia zarista del siglo XIX como resultado del choque entre la ciencia occidental, que deja a un lado a Dios para enfrentarse a la naturaleza y a la materia, convertidas en el único dios posible, nos enseña Günther Anders a quien sigo en estas consideraciones (De la Bombe et de notre aveuglement face a l’apocalipse 1995 pp 96-106). Si la naturaleza se convierte en el Uno Absoluto, origen de si misma, entonces podría no haber sido, no tendría necesidad de ser, no tendría otro fin que la nada, y, ¿por qué no? podríamos anticipar esa nada, aniquilar lo existente, porque lo existente es pura naturaleza indiferenciada y amoral como serían nuestros actos en la ausencia de la ley divina: indiferenciados y amorales. Este monismo trágico, según Anders, en Rusia no produjo sino el deseo intelectual de aniquilación, y de paso algunas acciones terroristas limitadas, también analizadas por Dostoyevsky en la novela Los Endemoniados. En Alemania Hitler convirtió el nihilismo en proyecto político, con una variante: el Todo Uno se metamorfoseó en partido único que, dueño del poder, se propuso aniquilar todo lo que se le opusiera o se diferenciase, por supuesto con la ayuda de la industria alemana que también quería ser única en el mundo.
Hoy el nihilismo está representado, en el mundo, por la potencialidad nuclear de aniquilar todo lo que existe; los que detentan el control, casi simbólico, sobre esa fuerza indiferenciadora (“todo lo que existe puede ser irradiado y dejar de ser”, Anders) son, al manejar ese poder, nihilistas de hecho y, sin saberlo, culpables anticipados del apocalipsis posible.
Si desde esta perspectiva tratamos de pensar qué sucede en Colombia es inevitable recurrir a la historia para hacer evitable el olvido. En la década de los años treinta del siglo XX, hay un intento, consolidado en las reformas constitucionales de 1936, de inscribir el país en la modernidad jurídica, industrial, laboral, sindical. educativa y científica; entonces emerge, como en Rusia del Siglo XIX, el nihilismo latente (es lo que al tratar de olvidar o reprimir, en sentido freudiano, retorna como un aparecido en nuestro propio malestar cultural); el fenómeno se dio primero en cabeza de intelectuales y políticos, representantes de la estructura latifundista que había dominado la economía, y por lo tanto toda la cultura, desde el comienzo mismo de una república que ideológicamente quería mantenerse dentro de los límites de la herencia colonial española; dichos políticos clamaban por una reacción contra lo que consideraban la aniquilación de la fe cristiana por el ateísmo importado; pero la fe de estos “caballeros” no era la misma del “caballero de la fe” porque no era propiamente la muerte de Dios lo que querían impedir, sino la muerte de sus intereses particulares y generales de clase, que es lo contrario de lo que Abraham proponía como pertenencia absoluta a Dios; lo podemos decir, con palabras de Kierkegaard destinadas a la Europa de su tiempo: se trataba de “una monstruosa ilusión llamada cristianismo”. También los mencionados “cruzados” contra el “ateísmo” modernizador introdujeron una especie de variante hitleriana del nihilismo, porque si éste, expresado por Ivan Karamazov decía que si Dios, principio absoluto, no existe, todo está permitido, aquí lo que en esencia se afirmaba es que si el dios de los intereses creados quedaba amenazado de inexistencia, todo estaba permitido contra sus enemigos; así hizo erupción la denominada, con mayúscula, Violencia colombiana. Los “caballeros” o “cruzados” cambian, o se suceden unos a otros desde los años cuarenta del siglo pasado hasta el 2003 del presente; cambian incluso de partido o de denominación de partido; lo que se hacía en nombre de un partido se hace en nombre de otro que en el fondo es el mismo partido, y el resultado ha sido el mismo que se buscaba desde el principio: eliminar todo vestigio de revolución francesa, en la denominada por Alfonso López Pumarejo Revolución en Marcha liberal, vale decir eliminar educación pública, salud pública y obras públicas; toda la estrategia que terminaría dando ese resultado se inició con el ataque contra la “ley de tierras”, del año 1936 (que trataba de proteger a los campesinos pobres, aparceros o colonos) y culminaría con el proceso de progresivo desmantelamiento de casi todos los derechos laborales y conquistas sociales. Desde un principio, en realidad, se trataba de eliminar todo vestigio de legislación que perjudicara los intereses creados y, si fuera necesario, eliminar todo lo que se opusiera a ello. Pero los enemigos a eliminar también han ido cambiando: si al comienzo eran, principalmente, los campesinos pobres y posibles electores del partido considerado enemigo, con el curso de los años se han ido agregando, dirigentes indígenas e indios rasos, sindicalistas, periodistas, maestros, profesores, estudiantes contestatarios, dirigentes políticos incómodos, lideres comunitarios, hasta simples tenderos y humoristas, en una palabra, todos los que puedan llegar a significar algún tipo de organización amplia y opuesta a los intereses defendidos.
El malestar no podía dejar de crecer ante una cultura que exigía no solo, como lo plantea Freud, renuncia parcial a lo instintivo, sino renuncia total al pensamiento propio, a la disidencia o a la diferencia, que, como lo señalaba también Freud de la diferencia femenina, ponen en peligro “el trono y el altar”; en nuestro caso la metáfora designa el poder económico, político, ideológico e informativo; porque sabemos que el “trono” es el del poder in abstracto y el “altar” es el de una religión casada con el poder.
Si se defiende el fin trascendente de la vida, no mediante una entrega a lo absoluto, siempre individual así se repita indefinidamente en lo colectivo, para acceder al estadio religioso de la existencia, según Kierkegaard (Estadios en el camino de la vida, 1845), sino mediante una falsificación teológico-política, rayana en el fanatismo, la defensa contra el malestar cultural, de ahí derivado, puede llegar a tomar la dimensión de la guerra. Es lo que ha pasado en Colombia.
Nacen y se multiplican las guerras y también se transforman unas en otras, porque toda guerra es consecuencia de otra guerra. Así los que ayer se constituyeron en defensores armados de la agresión armada de los “caballeros” contra los campesinos pobres, colonos e indígenas, se convierten, como suele suceder con todo defensor armado, en relativamente pocos años, en atropelladores y depredadores de sus “defendidos”; entonces los “caballeros”, no de la fe sino de la tierra, arman otros campesinos pobres para que le hagan la guerra a esos nuevos señores de la guerra, con la ganancia secundaria (o ¿primaria?) de que los nuevos defensores les conquistan nuevas tierras, las cuales una vez deshabitadas de los incómodos habitantes, que hoy denominamos “desplazados”, se limpian también de bosques y se pueblan de ganaderías y caballerías. En verdad esta ganancia se ha dado desde la primera guerra y por centenares de miles de hectáreas.
Con este clima tan favorable el malestar y el “remedio” se transformaron en una guerra a muerte generalizada: todo lo que sea “el otro” debe morir o desaparecer o, lo que es casi lo mismo, convertirse al mismo credo. El malestar en la cultura en Colombia se transforma en un malestar de la “alteridad”, que equivale a lo que se opone al triunfo absoluto de mis deseos, confundidos con mis intereses particulares. Así nos situamos muy lejos de Eros; un Eros, que pese a lo que el mismo Freud intentó hacernos creer, es muy diferente del Eros platónico que habla por boca de Sócrates-Diotima en el Banquete. El Eros que nos pinta Sócrates es un autorretrato, un daimón hijo de la pobreza (Penía) y el oportunismo (Poros), feo y pobre, pura carencia incitadora de la reproducción de lo bello corporal o espiritual, en la cultura. El Eros de Freud es también un daimón, pero como potencia, una potencia irreductible, capaz de derrotar todos los condicionamientos sociales y culturales que nos atan a intereses particulares disfrazados de generales.
Nada más revolucionario, que este Eros freudiano, por eso los que más lo odian son los sedicentes revolucionarios, en lo cual se identifican con sus pretendidos enemigos armados, igualmente invadidos por el narcicismo tanático.
El Eros de Freud es como el “Amor” de Rimbaud cuando dice que: “Nuestros huesos son revestidos de un nuevo cuerpo amoroso”. Porque “Amor” para Rimbaud, como para todos los grandes poetas, es “Fuerza” y no “Carencia”. No es el que ama el que se encadena sino el que no ama, quien se condena además al infierno del hastío y se convierte en un esclavo del aburrimiento. Amar para nosotros es no sentir malestar o mejor, no necesitar remedio para el malestar de que la vida no tenga un fin trascendente, ni menos porque no se inscriba en el interés llamado general. Amar también es vivir en la alteridad, no solo del otro sino de nosotros mismos. De nuevo con Rimbaud debemos afirmar con resolución. “yo soy otro”.
Ese necesario ser el otro, que nos coloca más allá del malestar, no puede darse si nos inscribimos en un sistema de poder que permita el desprecio y el odio por el disidente, o diferente, con la justificación de la saña como si se tratara de legítima defensa, y con la impunidad garantizada como si fuera un deber cumplido. Sin estos ingredientes la tortura y el asesinato del otro podría encuadrarse como un caso clínico de perversión sádica, y sabemos que los que secuestran, desaparecen, torturan y asesinan por razones políticas, de cualquier bando o bandera, apuntan a un goce bastante abstracto, ya mencionado: la destrucción de un enemigo. Por consiguiente, si el enemigo no tiene una realidad consistente de guerrero, se le fabrica a partir de los imaginariamente posibles: cualquier tipo de opositor sirve, porque el torturador no requiere un objeto del deseo como el sádico, sino un enemigo, obra de un discurso social que se da en la cultura.
La ventaja de tener un enemigo es que al enemigo se le puede atribuir el malestar en la cultura, al ser considerado, principalmente, enemigo del fin trascendente falsificado, en última instancia enemigo de la existencia, no de Dios, sino de un amo y para un amo; cualquier amo también sirve para hacerse cargo del resentimiento y del odio.
Gracias a dicho montaje ideológico justificativo el criminal político, al igual que el criminal de guerra, puede darse el lujo de reivindicar su acción, de vanagloriarse de ella a través de los medios, lo han hecho unos y otros, es decir los mismos, una y otra vez. Se puede matar a un padre de familia que no ha cometido otra falta que profesar ideas contrarias, o pertenecer a una esfera de existencia considerada peligrosa, y el verdugo puede llegar tranquilamente a su casa a acariciar a sus propios hijos y sentirse un perfecto jefe de hogar y un perfecto defensor del orden social.
Precisamente Hannah Arendt, en su famoso reportaje Eichmann en Jerusalem, nos enseñó que ante el peor de los crímenes, el genocidio, no vale el concepto de castigo ni, mucho menos, el de venganza, insisto el concepto no la deseable sanción; ella fue más allá del escueto fallo de los jueces: “culpable de los crímenes de los cuales es acusado” y dijo en el tribunal: “porque usted ha sostenido y ejecutado una política que consistía en rehusar compartir una tierra con el pueblo judío y los pueblos de un cierto número de otras naciones - como si usted y sus superiores tuvieran el derecho de decidir quien debe y no debe habitar este planeta – nosotros consideramos que nadie, ningún ser humano puede tener el deseo de compartir este planeta con usted. Es por esta razón y solo por esta razón (destacado nuestro) que usted debe ser colgado”
Se da aquí un giro fundamental a la sentencia. Se subraya que un ser que no tenga la posibilidad de compartir un mínimo de humanidad con nadie que no fuese como él, sin reato para hacer de otros seres humanos un medio para un fin, no puede ser considerado el “otro” que podemos ser; tal personaje no tiene cabida en la tierra, es un autómata, un muerto que tiene nombre y habla, idéntico a si mismo, decide y actúa sin alteridad, es decir sin verdadera vida; tampoco puede ser analizado porque es inaccesible a todo cambio, sólo es representación de poder, que es la potencia de los impotentes en Eros. Lo analizable es el malestar humano , vale decir la falta humana, la culpabilidad humana; podemos liberar a un sujeto de esa culpabilidad, no de la responsabilidad humana, que es la de comportarse de tal manera que su conducta aunque no se asimile necesariamente a la ley general del Estado, cosa que hacen muy bien todos los pares de Eichmann, se rija por el principio universal kantiano que es, por excelencia, no convertir a otros hombres en medio para ningún fin, y menos que todo para la perpetuación en el poder de los intereses particulares, o generales de grupo, sean económicos, políticos, raciales o religiosos, de carácter personal, nacional o internacional.
La ética del psicoanálisis en lo que respecta al malestar cultural en Colombia o en el mundo, es la de no interpretar más allá de la humanidad, no defender ningún interés personal, gremial, económico, sexual o político y no prestarse a eximir a otros hombres de la responsabilidad frente al otro, ni siquiera facilitando explicaciones psicológicas para acciones y decisiones que tienen su única fuente en una voluntad política que emana de la necesidad de encontrar un remedio para el malestar por medio de la dominación y sujeción de un sector de la humanidad a los fines trascendentes inventados por un poder cualquiera. No es casual que todo autoritarismo se autojustifique como necesario para la felicidad que los ciudadanos no podrían darse a si mismos sino a través de la idealización que se les proponga; el ciudadano es manipulado por su propia necesidad de liberarse del superyo proyectándolo en la autoridad del líder o de las instituciones que se ofrezcan como garantes de orden, seguridad y bienestar. La energía que se libera con el desinvestimiento del superyo personal se traduce en una sensación de placer en el sometimiento, tan criticada por Spinoza como una pasión triste comparable al contentamiento del que anhela la mortificación.
Completamente en otra dirección el psicoanálisis afirma que la única verdadera desgracia es que el hombre no pueda asumir la verdad del sufrimiento implícito en las relaciones humanas y uncirlo al arado del trabajo, consigo mismo y con los otros, en vez de pedir su anulación en forma de ideales sociales y religiosos que terminan siempre siendo opresores. El problema para nosotros, colombianos, es que la verdad transformadora sólo se da en la oposición al olvido del conflicto, subyacente en nuestra historia reciente y pasada, entre los módulos existenciales que quieren conservación y repetición, que incluye la de sus guerras y sus tráficos de toda especie, que rebajan la vida acentuándolo todo bajo el peso de lo consumible, falsificando entusiasmos e incluso parodiando los gestos del amor pero oponiéndose a la fuerza del Eros que, parafraseando a Rimbaud, revestiría los esqueletos de esos módulos con nuevos cuerpos plenos de vida y liberados de ataduras a cualquier ideal trascendente, que no sería en última instancia más que Tánatos transfigurado. Este Eros corresponde a lo que Kierkegaard (Los estadios eróticos inmediatos) considera que sería la esencia misma del estadio erótico de la vida: el Don Juan de Mozart oído como lo que “se precipita en la variedad de la vida” con el “júbilo del placer” y “la solemne felicidad del gozo”, salvaje en su prisa inconstante y en el anhelo de la pasión.
No es una tarea fácil sostener el teatro de la memoria, con tragedia y comedia en escena continuada, contra una dialéctica histórica que ha logrado transformar los grandes remedios, no trascendentes ni religiosos, propuestos por Freud: el arte, el amor y la ciencia para utilizarlos dentro de un sistema de producción de tontería y trivialidad, como si fueran la verdad revelada que reemplaza la de la religión cuando ésta pierde potencia tranquilizadora y amortiguadora del malestar cultural.
Ya el estudio de los procesos oníricos en los albores del psicoanálisis señalaba el peligro de que el impulso regresivo del deseo sobrepase los límites de la huella mnémica; aunque en ese momento no se había elaborado la teoría del instinto de muerte, es evidente que antes de tener el nombre Freud había descrito el proceso; el triunfo de la muerte en el psiquismo cuando la compulsión de repetición se impone hasta el hastío, rey y señor del mundo moderno colombiano, con su corte de violencia, estupefacientes y perversiones.
Pensando en lo que nos pasa nos atreveríamos a rectificar cierta manera de divulgar el pensamiento de Freud, diciendo que la cultura no surge de la represión de nuestros poderosos instintos, sino que es la sustitución obligada de instintos muy débiles e inespecíficos, los cuales a través de ella logran una potenciación verdaderamente inaudita y una orientación y definición en la muerte como meta y en la destrucción de todo progreso social y ético adquirido, como medio de afirmarse en un sistema de apariencia democrática y esencia totalitaria.
Precisamente Freud dedica los dos últimos capítulos de Malestar en la Cultura al examen del problema de la agresividad y del sentimiento de culpa, porque es ahí donde el gigantismo, y deformación de lo instintivo en lo cultural, más seriamente nos amenaza como comunidad y aún como especie, incluso como mundo y naturaleza. Dicho texto sustenta la tesis de que el superyo es generado por la renuncia a la agresividad contra el padre; ahí se genera una necesidad de castigo que puede conducir a un castigo real, incluso por medio del crimen, que alivie el sentimiento de culpabilidad inconsciente.
Ahí también queremos situar nosotros el final de estas breves consideraciones sobre el malestar colombiano en la cultura. Tanta rabia y tanto deseo de venganza que dispara desde todas las esquinas y todos los corazones ¿no estarán fundados en sentimientos individuales y colectivos de culpabilidad por tantos asesinatos de padres e hijos reales, que se multiplican desde hace decenas de años por aldeas y ciudades, significantes, de alguna manera, de las propias pulsiones parricidas y/o filicidas? En vez de acabar con un sistema que proyecta en cada uno la sombra de un padre omnipotente, arbitrario, detentador voraz de todos los recursos y poderes, se mata al padre del otro, al hijo del otro, a los hermanos del otro, acusando siempre al otro de ser parricida y fratricida. Se paga un tributo de violencia por haber creado una variante de la metáfora paternal, que está en el centro de la cuestión del poder, porque acusando siempre al otro el sujeto se niega a sí mismo el sentido de ese vínculo con la ficción de la Ley que es la propia culpabilidad parricida.
Soy consciente que recurro al mito freudiano del protopadre de la horda primitiva, pero no tengo otra forma de decir que si no transformamos un sistema que genera guerra continuada desde hace más de 60 años, porque esto realmente comenzó desde los años 40 del siglo pasado, es posible que sobrevivamos, pero el malestar que expresa nuestra dificultad para lograrlo sobrevivirá con nosotros. Ese malestar nos es consubstancial, porque se deriva de la consciencia o, mejor, de la preconsciencia de que si alguna vez llegamos a amar al prójimo como a nosotros mismos es porque también lo podemos odiar y matar como a nosotros mismos. También estoy diciendo con el mito que toda cultura expresa una determinada manera de amar al semejante y de odiar al semejante como a nosotros mismos; una determinada manera de proyectar una instancia imaginaria dotada de nuestros deseos magnificados y de nuestra agresividad omnipotente para poblar con ella la tierra y el cielo. La nuestra viene siendo la de lavar con sangre, generalmente inocente, clasificada como enemiga, la culpa que nos despierta la propia agresividad parricida, o filicida, cada vez que uno de los que consideramos nuestros cae en combate o fuera de él. Si no logramos parar este sistema diabólico de culpa convertida en venganza automática y feroz, no podremos dejar de ser lo que somos: una guerra perpetua contra la dificultad de existir tanto en nuestra naturaleza como en nuestra cultura.
QUEJA Y ELABORACIÓN: DOS CAMINOS POSIBLES PARA LA MEMORIA.
Médico Psicoanalista
INTROITO
El Mi y el Sí se diferencian de las demás notas de la escala musical en el hecho de que ambas tienen la distancia de un semitono con respecto a la nota anterior en lugar de un tono, como es lo que sucede entre las demás notas. Por tal razón fueron llamadas, en épocas de predominio de la música eclesiástica, notas del diablo. Su excepcionalidad estaba dada por tener ellas mismas el valor atribuible a los bemoles y sostenidos de las demás, o, expresado de otra manera, por resistirse a tenerlo. Es contradictoria esta afirmación: en efecto: el Mi carece de sostenido, pero tiene el valor de bemol del Fa. Igualmente sucede al Si con respecto del Do. Podría decirse que a la vez que el Mi (y el Si) son los bemoles del Fa (y del Do), lo que se produce simultáneamente es que tanto el Fa como el Do carecen de bemoles tanto como el Mi y el Si carecen de sostenidos. El Concilio de Trento ordenó reducir toda música a la condición de canto religioso y precaverse de incitar a la lascivia y a la impiedad mediante el uso de las notas del diablo y de la armonía. La humanidad debe a la desobediencia de Palestrina el fracaso estrepitoso de aquella orden.
Existe una leyenda atribuida a Charles Fourier, el socialista utópico francés. Cuenta que escribió una carta a todos los mandatarios del mundo en la que los invitaba a trabajar para conformar una sociedad que llevara por nombre Armonía, extendiendo a lo social lo que la música hace posible: una estética a partir de la combinación racional de las diferentes notas. La armonía, siendo el resultado de la combinación de elementos diferentes entre sí, era una especie de secreto revelado por la capacidad humana y que debía ser tomado como ejemplo por quienes tenían la responsabilidad de dirigir la organización social de los humanos. La leyenda cuenta que después de escrita la última de las cartas, Fourier se recluyó en sus aposentos a la espera de una respuesta. La muerte llegó primero…

En los pasajes anteriores podemos observar dos posiciones divergentes frente a la armonía: la que la proscribe y la que la exalta. Su distancia histórica no es irrelevante pues nada nos induce a desdeñar las indirectas influencias de la obra de Palestrina en las mentalidades socialistas de épocas posteriores, incluyendo a Fourier. Si no hubiese existido un Palestrina, quizás hubiese sido imposible la carta de Fourier. Carta inútil si se la evalúa por el lado de los indicadores de logro a que son adictos los funcionarios de estos tiempos de destrucción, pero gestora de un acontecimiento que se torna relevante por el hecho mismo de que ninguno de esos mandatarios pudo afirmar no sentirse concernido por esa invitación. La sordera de los mandatarios -es verdad sabida de antiguo- asustados después de conocer el destino de un gobernante que fue capaz de llevar su investigación hasta las últimas consecuencias: Edipo, Rey de Tebas, conductor de una investigación que lo descubrió a él mismo culpable después de la cual se encegueció radicalmente y se suicidó su madre, obnubilados tal vez por el resplandor insoportable de aquella verdad.
Edipo no fue sordo a los reclamos de la Esfinge ni indiferente a la salud de su pueblo: pensándose angustiosamente corintio, terminó enterándose trágicamente tebano. Después de Edipo, gobernante alguno ha vuelto a prestar oídos atentos a las solicitudes reivindicatorias de la verdad. Por el contrario, parece gozar de mayor popularidad entre la masa de gobernantes colocar en el lugar de la audición una sordera selectiva, capacitada con creces para discriminar sonidos y proclive siempre a escuchar exclusivamente las voces de poderosos que han sabido tolerar las transgresiones de los mandatarios acumulando expedientes contra ellos pero negándose a judicializarlos todo con el fin de sacar dividendos de la amenaza. Es como si a Edipo, en lugar de la peste propiciada por una Esfinge portadora del afán de hacer justicia con la muerte de Layo, la Esfinge se le hubiera acercado y le hubiera dicho, a manera de susurro, que ella sabía quién era el criminal y que, por tanto, para no revelar públicamente el secreto, Edipo tendría que llevar a cabo todo lo que se le antojara a la Esfinge. Hay que resaltar, también aquí, el profundo apego de la Esfinge a una cierta ética; podemos decir que entonces la perversidad aun no descubría que la manera más expedita de violar la ley era siendo ella, la perversidad, la ley misma…
La sordera de los mandatarios no es, pues, fruto de una incapacidad, por el contrario, ella se la conquista después de un arduo trabajo de preparación que incluye la academia y lo extra-académico. Los precios varían, como varían los de las mercancías en el nuevo altar del mundo que es el mercado. A veces el precio es la entrega total de la economía, de la política y de la justicia de un país que se gobierna a los intereses de herederos espurios de Esfinges antiguas. Lo monocorde, el soliloquio, la felonía, la sacralización de lo mezquino, el ruido de la industria fabril y del ganado en el bramadero, las palabras aduladoras y las críticas impostadas, se convierten en única música aceptable. “El mundo es bueno sí y sólo sí hace lo que yo ordene”.
¿No deliraba Schreber una raza superior después de copular con Dios? ¿No planeaba el Tercer Reich el reino de predominio de la raza aria? Nuestra memoria nos revela que tanto Paul Schreber como Adolfo Hitler fueron alumnos privilegiados de un higienista, el Doctor Schreber padre, para quien la debilidad del pueblo alemán era consecuencia de la atención prestada a todos los discursos románticos que reivindicaban el sentimiento frente a la razón y que adjudicaban a las palabras de los jóvenes, de las mujeres y de los obreros un valor de verdad que para el doctor Schreber solamente habían conducido al escepticismo, a la desesperanza y a la pusilanimidad.
Schreber como hijo, Hitler como lector, uno por la vía del delirio de convertirse en la mujer que faltaba a Dios, otro mediante el ascenso de su gobierno por la vía electoral en una Alemania deseosa de recuperación mediante el ejercicio de la venganza. La crianza y la educación se revelaron capaces de conseguir dos destinos trágicos: uno individual, el del hijo, otro colectivo, la Segunda Gran Guerra del siglo pasado. Toda voz discrepante de los propósitos instaurados por el complejo militar-industrial nazi, merecía la desaparición, su exterminio…
El apego a gestos corporales (el saludo nazi, por ejemplo; pero puede ser cualquier otro gesto…), la afinidad y el gusto por la música marcial, la estética del horror revelada en la pulcritud con que se organizaban los campos de concentración y sus maquinarias (“En la colonia penitenciaria” es un relato que bien vale la pena volver a leer), todos ellos han sido significantes capaces de cortejar el aplauso y conseguirlo mediante la ilusión de constituir un solo cuerpo, una sola sangre, una sola ideología, una sola teoría. Desde el estudiante universitario que pide a gritos le sea enseñada una sola manera de entender las cosas hasta el teórico más brillante del dispositivo criminal, la unidad conseguida en la interpretación de la armonía como aquello que iguala las cosas y no como aquello que se revela posible precisamente porque los elementos que la constituyen divergen entre sí, se construye a través de la conversión de los gestos corporales en su marcha coreogeráfica.
Cualquier salida del ritmo y del gesto indicados, da lugar a la exclusión, primero a un no puede ir más y después a un debe dejar de estorbar para lo que es preciso que desaparezca. De esta manera lo que se busca que desaparezca es el otro entre nosotros, toda vez que debemos identificarle exclusivamente como nuestro adversario. Todo aquel de nosotros que ose ser otro, inevitablemente está en el lugar del adversario. Debemos precavernos: la pulsión erótica tendrá que configurarnos como extensiones corpóreas del yo-ideal y la pulsión de muerte tendremos que canalizarla totalmente hacia la eliminación de los adversarios. Todo lo malo que realice el adversario es prueba de su felonía, de su maldad; si nosotros hacemos algo similar, en nuestro caso se trata de un mal necesario que es preciso llevar a cabo para mayor gloria de nuestra causa.
La causa es, en este sentido, la Causa. En tanto que empresa que se representa a sí misma motor de la realización de nuestro yo ideal, ella justifica todas las acciones, inclusive las más criminales, toda vez que uno de los síntomas que delatan a nuestro adversario es la rabia que siente cuando le propinamos un golpe certero. Cualquier vacilación, cualquier conato de piedad, cualquier interrogante sorpresivo en nuestras huestes, delatarán la presencia de extensiones del adversario en nuestro interior. Nuestra escucha entonces establece una distribución del significado de los decires y de los pensamientos, en la que la potestad de disentir se reserva exclusivamente al Jefe, al Patrón. Nadie más puede encarnarla so pena de conseguir castigo si la transmite.
Si por el fracaso de las instituciones ejecutoras de las órdenes emanadas del pacto llamado Ley yo me he abrogado el derecho a ser ejecutor exclusivo de la Ley misma y, por tanto, me he autorizado a desprenderme de la obligación de mi propio sometimiento a aquella y en su lugar he establecido que soy yo quien la encarna, autodenominando mi gesto como justiciero, entonces bien puedo postularme salvador y remedio en una situación que a todos agobie. En cada ciudadano asustado por el fracaso de la democracia anida como Yo ideal aquel sujeto que ha sido capaz de sustraerse de las restricciones impuestas por la ley misma para colocar en su lugar sus propias representaciones de la justicia. El rasero no puede ser otro que el rasero del Patrón, definido como aquel que está en la potestad de disponer a su antojo de todos los bienes circulantes. Gramsci definía al fascismo como el intento de resolver los problemas de la producción y el intercambio con disparos de ametralladora y de revólver”. Impuesta la legislación privada, a las huestes, para conservarse vivas, no les queda otro camino distinto que el del aplauso.
Encarnando el yo-ideal de cada uno, el Patrón se revela a sí mismo seguro de su obra. No importa que su discurso apele siempre a la arenga, a una retórica vacía de contenido y llena de adjetivos y denigración contra sus contrincantes. Discursos tales ofrecen al analista de la realidad pocas ideas, salvo a quienes se sitúan en la apología y la claque.
Cuando se piensa que se es nada, colaborar con la gran causa es una manera de acceder a ser parte del todo.
Hay aplauso en la tribuna ahora que el embrujo del actor funge de excelente. Excelencia es calificativo que se adjudica a todo superior. Una excelencia, es decir, una autorización, hay que reconocerlo, meticulosamente logradas. Obra del esfuerzo, de la capacidad de hacer retórica desde siempre y de una capacidad mayor que todas las anteriores: la capacidad de continuar indiferente, incluso a las adulaciones procedentes de la tribuna. Una certidumbre total en la perpetuidad de esa adhesión, en la eternidad del pacto entre actor y espectadores.
La temporalidad contiene la tragicomedia de un espectador que aplaude hasta rabiar mientras se esfuerza por negar que sus derechos y sus bienes le sean afectados. En ese tiempo el espectador recusa lo que siente o, cuando más, lo racionaliza: al fin y al cabo, para no quedar marginado de la gran obra salvadora, debe colaborar con su financiación. Cuando se piensa que se es nada, colaborar con la gran causa es una manera de acceder a ser parte del todo.

Don Quijote convenciendo a Sancho, Grabado de Doré
PRIMER MOVIMIENTO: DECRETAR EL OLVIDO
En buena parte de los procesos de paz que se intentan en el mundo, una de las vías a las que más frecuentemente apelan los gobiernos es decretar el perdón y el olvido para aquellos crímenes que se cometieron por parte de un grupo de guerreros.
Invocar la lucha contra el terrorismo no es garantía ninguna contra el hecho de que el luchador se convierta, él mismo, en terrorista. Proponer la obra del olvido por decreto contra los que han cometido crímenes de lesa humanidad es quizás una de las formas en las que se denuncia el hecho de que el perseguidor mismodescree de la criminalidad de los actos de quienes perdona. Incluso invocando la mejor y más buena de las creencias religiosas, la conservación de la idea de que los criminales lo fueron en razón de cumplir con un imperativo que escapaba a la supuesta voluntad de adhesión a la democracia y al orden institucionales (o en razón de cumplir con otros imperativos….).
Pero, sabemos, el olvido de lo trágico no solamente es deseable sino necesario tanto para un individuo como para una cultura. “El histérico sufre de reminiscencias”, señalaba Freud, indicando que ciertas formas de conseguir memoria no convocan la serenidad. El psicoanálisis lo que propone es la posibilidad de construcción del olvido pero por vías diferentes a las que habitualmente tienden a elegirse por los sujetos: si un buen destino de un psicoanálisis era que el sujeto pudiera entablar relaciones irónico-humorísticas con su propio inconsciente como gustaba decir Thomas Mann, quiere decir que el recorrido consistiría no propiamente en el borramiento de lo sucedido sino en el sometimiento del mismo a la criba de la operación historiadora del pensamiento.
No obstante debemos guardar las proporciones debidas: en efecto, ¿pueden compararse los dramas de la infancia de un sujeto, inclusive aquellos en los cuales el sujeto se postula responsable, con los delitos y crímenes de lesa humanidad cometidos por guerreros que eligieron la vía de las armas para imponer los intereses que dicen representar? ¿Acaso pueden equipararse las fantasías parricidas de un niño con el asesinato de los padres de otros?
Todo crimen de lesa humanidad a lo que apeló fue al borramiento total de la humanidad del adversario, de sus familiares y allegados y del propio victimario. Como recuerdan algunos estudiosos del tema, la práctica de la crueldad goza de una singular unilateralidad de fines con el fin de desterrar la humanidad para que la comprensión humana no altere la crueldad. (Eric Brenman, Cristofer Bollas, etc.).
La humanidad se traduce en la posibilidad de contar con sentimientos de perdón, empatía, reparación, piedad, etc., todos los cuales son interpretados por el dispositivo criminal como debilidades y obstáculos que es preciso eliminar para mayor eficiencia, eficacia y efectividad de la empresa. En la ejecución del acto criminal, no solamente se persigue el objetivo de exterminar al adversario sino otro, el de exterminar todo vestigio de humanidad en el victimario mismo. Recuérdese que en el entrenamiento de sicarios la graduación no era otra cosa que la elección de una víctima al azar a través de cuyo asesinato el graduado demostraba toda la capacidad de control y de sangre fría necesarios para acceder a la condición de empleado de un Patrón, y recuérdese que tal proceder se prescribe explícitamente en los manuales secretos de entrenamiento de los principales organismos de inteligencia de los estados más civilizados del planeta.
El criminal ya ha realizado dentro de sí mismo una capacidad de olvido, ingrediente indispensable para que pueda cometer sus crímenes sin poner en peligro el dispositivo intelectual y material que lo sostiene. Uno de los procedimientos indispensable para recusar toda eventual emergencia de sentimientos de culpa, de piedad, de simpatía, ha consistido en designar de maneras distintas el asesinato y, simultáneamente, conferirle a su producción el estatuto de operación necesaria: de justicia privada, de ejecución a los traidores, de motor de la historia, de castigo ejemplar, etc.
El recorrido del criminal ha dejado profundas heridas en padres, madres, hermanos, hijos y amigos de sus víctimas. Los sobrevivientes han sido compelidos a deshumanizarse, incrustándose en silencios mediante los cuales procuran salvar sus vidas y tratando de fabricar a como dé lugar un olvido que les confiera la garantía de no cometer la torpeza de hablar. “Ver, oír y callar”, es una consigna de supervivencia que recorre los refugios de los desterrados para quienes la vida se ha vuelto una permanente amenaza de perder si eligieran el humano procedimiento de recordar, repetir y reelaborar con el fin de conquistar una relación de serenidad con la memoria de lo acontecido.
A la condena se suma otra: la de su reclusión en la supervivencia, en otra vida posterior a aquella en la cual tenían por lo menos la ilusión de ser libres, de habitar las tierras que les vieron nacer y de desplazarse por ellas al relativo antojo de quien lo puede hacer porque las conoce. Inmersos en la inanidad de una vida vivida en función exclusivamente de sobrevivir, la indolencia de la institución que –les enseñaron en la escuela- estaba llamada a proteger sus vidas, su honra y sus bienes, cumple con todos los requisitos de un segundo momento de la masacre y, admítase o no, hace las veces de complicidad con los ejecutores de la primera. En la ocurrencia de la masacre se hace evidente, concurre como facilitadora del éxito de los victimarios, la ausencia de una autoridad que supuestamente debía haber demostrado su presencia impidiendo la ocurrencia de la masacre. La indolencia posterior confirma –admítase o no- que no se trató de una incapacidad. La complicidad es evidente. Olvidar lo ocurrido es un pregón que realizan representantes de uno de los actores que participó de la eficacia del crimen y, en tal sentido, se revela más como una forma de deslizamiento hacia la obtención del propio perdón por la vía de pregonarlo como destinado a otros.
Sometidos los pobladores a recusar los acontecimientos que los lanzaron a la nuda vida (Giorgio Agamben), a la mera supervivencia, a las persecuciones que el mismo estado les depara cuando llegan a las ciudades a tratar de sobrevivir mediante el ingreso en la llamada economía informal, la producción del olvido se convierte en un imposible y a ella se presentarán siempre como obstáculos los acontecimientos que dificultan la supervivencia día a día.
Que la imposición del olvido se procure por decreto gubernamental, institucional, solo será posible mediante la ilusión en el éxito por impedir toda oposición. Para ello será preciso mantener un discurso de doble vía: memoria para los crímenes cometidos por el adversario, olvido para los crímenes cometidos por los aliados. Todo aquel que devele la perversidad de esta disociación deliberada no podrá ser tenido sino como cómplice del adversario y, por tanto, deberá someterse al destino que le espera a este. Como bien lo han dicho representantes de organizaciones defensoras de derechos humanos, la ilusión que subyace en este procedimiento no es otra que la de creer que la culpa del crimen la tiene quien lo denuncia y no quien lo comete. Es al mensajero de las malas noticias a quien el tirano elimina, dueño de la desesperación que lo atormenta.
Se ha dicho que el conflicto que nos afecta tiene todos los ribetes de una guerra de perdedores y tal decir parece haber suscitado airadas reacciones en quienes han abanderado una de las ideologías que participan del conflicto mismo. Pero si en lugar de la rabieta se pusiera el pensamiento en acción, tal verdad daría cuenta de que, en efecto, todos los guerreros ilegales recuerdan a través de las entrevistas que conceden de cuando en vez a los medios de comunicación, que la lucha realizada por ellos fue motivada inicialmente por la orfandad a que fueron lanzados después de la aviesa crueldad empleada contra sus familiares. O por los bienes de que fueron injusta y cruelmente despojados. O por re-imponer la legalidad que fue conculcada a partir de la sublevación de los otros. ¿Qué encontramos en estos alegatos sino justificaciones que revelan a los guerreros como instalados en una o en varias pérdidas?
Cuando tomamos al pie de la letra las justificaciones invocadas para el ejercicio de la violencia, no podemos menos que aventurar una hipótesis que es la de concebir la ocurrencia de la guerra en Colombia con la confluencia de los trámites realizados por cada guerrero para sortear los duelos a que fueron conducidos.
En dicho trámite el proceder apeló a instaurar el olvido, ciertamente, pero también a hacer memorias de diversa índole: entre otras, y de una manera particularmente reveladora de la profunda identidad en que se instalaron, la de reconocer en qué actividades era posible encontrar recursos económicos para dar sostenimiento a la causa de la reparación de sus pérdidas… Todos a una en la misma actividad, fuerzas institucionales, para-institucionales y subversivas, encontraron la mina. Desde los organismos de inteligencia más poderosos hasta los guerreros más ínfimos, el enriquecimiento fue un elemento más, un ingrediente necesario para hacer operativo el trámite encubridor de fuerzas pulsionales más profundas.
Como un tesoro, encontrado en medio del asalvajamiento del mercado, guerreros que habían logrado eliminar todo vestigio de humanidad en ellos mismos se lanzaron a conseguir su posesión sin importar qué clase de traiciones y de nuevos delitos deberían cometer para mantener en forma la vitalidad de sus causas, su Causa.
Mientras operaban, también recordaron que era preciso ganar el corazón y la mente de la población: esta conquista no necesariamente exige el uso de la persuasión y de la promoción de buenas acciones, aunque de estas últimas la historia nacional de la infamia se ha encargado de revelárnoslas todas incluso ganando el corazón y la mente de supuestos adversarios del uso de la violencia y de la fuerza. Exige sobre todo la imposición en la población de la desconfianza más absoluta con respecto de toda duda, de toda incertidumbre, de todo cuestionamiento.
La reconstrucción del tejido social se produce mediante la ligazón lograda a partir de la identificación de cada uno de los miembros que lo componen con la elección de certidumbres por parte de los otros. Cristofer Bollas lo define de modo preciso cuando expresa que al eliminarse las dudas y las opiniones contrarias lo que se logra es llevar la mente de la complejidad a la simplicidad, proceder que primero se obtiene mediante ligazones en torno a los signos ideológicos: los lemas políticos, las máximas de la ideología, los juramentos, los íconos materiales, todo esto lo que procura es el llenado del vacío dejado por la ausencia de la polisemia del orden simbólico. El autor a que aludimos desliza una metáfora de la mente, elocuentemente simpática, por lo demás, al escribir que “cuando la mente, en su orden democrático, había dado cabida a las partes del sí-mismo y a los representantes del mundo externo, participaba en un movimiento multifacético de numerosas ideas ligadas a lo simbólico, lo imaginario y lo real”. Mostrarse excesivamente terminante, es el procedimiento que, recuerda Freud en El Porvenir de una Ilusión, emplearía cualquiera con tal de impedir la inseguridad procedente de no estar instalado en una certidumbre.
Toda una tradición historiográfica revelaba precisamente el uso de los olvidos deliberados como forma de imponer la certidumbre de que el continente americano no podía sentirse menos que privilegiado por haber recibido los bienes de la civilización cristiana europea. De esa manera se procuraba establecer el ingreso de nuestras mentes en el unanimismo al que aspiran “ciudadano angustiado y líder fascista” simultáneamente. Pero lo que la transmisión no podía impedir era la insistencia de lo olvidado en revelarse de muchos modos, bien porque algunos eligieron hacer sus propias averiguaciones y divulgaron sus hallazgos propiciando la comparación, o bien porque el ingreso en un estado mental adulto hacía imposible perseverar en la repetición de una historia capaz de convencer exclusivamente a infantes. Al fin y al cabo se trata de algo semejante en ambos casos, en tanto que salir de la infancia es someter al trabajo del pensamiento todas las leyendas y mitos en los cuales se sostuvieron los dramas de ese momento de la vida en el cual la falta de palabras hacía más poderosas las oscuras fuerzas afectivas y por tanto más difíciles de apresar.
Decretar el olvido es una manera de decretar el regreso de la mentalidad adulta a ese momento en que los dramas, al ser inefables, propician el terror a que toda tiranía aspira para imponerse sobre el resto. Si observamos que el principal enemigo no es el adversario sino todo aquel que considere legítimo el derecho a tomar posiciones y a elaborar pensamientos con respecto del conflicto, quiere decir entonces que el discurso del gobernante se ha sublevado contra la ley propia de la democracia y progresivamente se ha deslizado a ser el texto propio de quien se abroga a sí mismo el derecho a decidir quién debe y quién no debe vivir en el territorio que se gobierna.
Al marginarse del sometimiento a la ley se crea un vacío moral y así, lo que emerge en lugar de un ciudadano-presidente es una forma de identificación, la narcicística, puesta a llenar el vacío moral con la identificación proyectiva dirigida a una víctima seleccionada (con privilegio de aquellos para quienes la ley no es asunto menor en lo que tiene que ver con la práctica de los derechos humanos) a quien se le confiere como destino su aniquilación (factible, posible, siempre presente) a tono con el ingreso en la grandiosidad delirante. Todo esto realizado a nombre de la depuración, de la purga, de la limpieza.
Decíamos más atrás que la pérdida de toda humanidad afecta en primera instancia al victimario mismo: no se trata simplemente de una negación de todo aquello que confiera obstáculo a la instauración en el vacío producido por la renuncia a sujetarse a una ley, es sobre todo una denegación, un negar que niega, y desde esta denegación la grandiosidad delirante se acompaña de una forma más sutil y “menos verbalizada” como lo es la idea de invisibilidad que tantos gustan denominar -no del todo erradamente- transparencia. Sobre tal extremo de la expansión imaginaria al propio cuerpo de la acción, la inteligencia del victimario diseña y pone en acción el tinglado por medio del cual mantiene oculta la responsabilidad de sus acciones: una retórica que declara con insistencia su adhesión a la legitimidad del pacto llamado Constitución, puede hacer las veces de velo necesario para poner a salvo de miradas indiscretas los actos que las contradicen. La invisibilidad es obtenida, es artefacto, es recurso escénico y a ella prestan su concurso corifeos cuyo encargo es mantener a los afectados distraídos del drama que los afecta.
Representarse la confluencia de divergencias en el mundo real como una siniestralidad que es preciso destruir a toda costa, es característica de individuos y de ideologías que consideran la alteridad como estorbosa realidad, como límite insoportable. La operación mediante la cual pretende sortear el estorbo acude a varios procedimientos, uno de ellos, el primero, la sordera o la ceguera frente a la existencia real de lo que es entendido como obstáculo; después viene la recusación de su existencia (“no existe pero hablo de ella”) para finalmente orquestar operativos cuya finalidad son el exterminio, la extirpación, la desaparición del obstáculo. “Si el otro no hace lo que yo quiero, el otro debe desaparecer”. Sus discrepancias, sus palabras propias, su pensamiento propio, en la medida en que conspiran contra la realización de mi ideal, extensión de mi yo-ideal, representan aquello que ya he sabido eliminar dentro de mí y por lo cual he llegado hasta la posición que ocupo.
Con todo esto el drama no queda desmentido. Continuará: letalmente, fortificando cada vez más la destrucción y la autodestrucción. Al fin al cabo se copia el modelo más universal que satisfaciendo los impulsos de unos cuantos pone en riesgo la supervivencia de la especie y, por tanto, de ellos mismos.
SEGUNDO MOVIMIENTO: LA EXALTACIÓN DE LA IDENTIDAD COMO VÍCTIMAS
No serían tan elocuentes las racionalizaciones de las tiranías, por las cuales nos enteran de las tragedias padecidas en el pasado personal de quienes las encarnan, si no encontraran en nosotros una receptividad benévola.
Conocemos de la facilidad con la que se puede pasar de la benevolencia más santurrona a la ferocidad más criminal. Estatuirse en la condición de víctima facilita en los demás una comprensión susceptible de transformarse en cólera cómplice: el advenimiento del aplauso de la política pública que el tirano ejerce no procede sino de que algo en nosotros mismos se reconoce idéntico en la biografía: todos alguna vez hemos perdido algo.
Pero, si no fuera porque alguien ha sido capaz de demostrar capacidad de ponerse a distancia de dicha pérdida y someterla al trabajo del pensamiento y de la simbolización, la condena que nos esperaría sería la de quedar presas del unanimismo y de los dramas provenientes del ejercicio de la crueldad.
Reconocerse en otro lugar, aquel en el cual nos consideramos sujetos, a la par que nos salva de la siniestralidad del embrujo de la condición de víctimas, nos favorece en la tarea por impedir la devastación del malestar. Si hay sujetos capaces de afrontar los dramas en términos de oportunidad, quiere decir esto que la pasión masoquista encuentra límites. Esos límites pueden conocerse, establecerse, comprenderse y analizarse. Quien logre historizar la vida se asume parte de una cadena, no comienzo y fin de todas las existencias. Con ello la alteridad adviene como oportunidad de acceso a los bienes espirituales de los que también ha sido capaz la humanidad.
Con todo lo anterior, la defensa demagógica e irrestricta de las víctimas, se constituye en el lugar común a todas las ideologías que por distintos motivos se disputan el favor de las masas. Se auto-legitiman representantes de ellas en razón de ofrecer la representación que se hacen de ellas mismas. La noción de víctima lo que logra es “sustituir otra noción mucho más amplia y necesaria para tener en cuenta en un proceso de acompañamiento que se ponga, deliberadamente, a distancia del afán de perpetuar la postración en las poblaciones”. El concepto de sujeto, sujeto del inconsciente, significa que con quien debemos ir es con aquel que se prohíba a sí mismo ser objeto de conmiseración y de piedad. Conmiseración y piedad fue lo que estuvo ausente en los victimarios, ciertamente, pero justamente porque ellos se consideran ejecutores de una acción destinada a cumplir con un ideal que se representan justo y necesario. Esto vale tanto para el perpetrador de masacres como para el secuestrador que delinque amparándose en una justificación basada en la buena causa. A la indignidad y avergonzamiento que sucede a una masacre, en la que los auto reproches no son del todo representantes de un imaginario salido de cauce… la piedad y la conmiseración no hacen sino desconocer que las víctimas no están pidiendo un favor sino exigiendo que se cumplan ciertos derechos.
Siendo conculcada la condición de sujeto, la victimización de los afectados (verdadera segunda masacre perpetrada contra su dignidad), no hace sino colocar la condición de sujeto en el Estado y en sus representantes, gubernamentales o no. Todos nos semejaríamos en el hecho de cada uno ser privado de un derecho y solamente nos diferenciaría el derecho del cual cada uno haya sido privado. No puede entonces suceder menos que la concesión a que sea el Estado el único que acceda a la condición de sujeto, que quita y pone según su naturaleza. Estamos en terreno conocido: no existirá, entonces, sino una política, la política del Amo, que dentro de su estrategia de representatividad requiere no solamente de una provisión constante de víctimas sino de regular los términos en que esta provisión se produzca.

Don Quijote retenido
Grabado de Doré
Colocar el testimonio de una elaboración en disputa con la adhesión a la sola queja sería un camino a seguir con el fin de despojar a los guerreros de la base de sustentación sobre la que se han apoyado. Se trata de una operación que primero debe anidar en la conceptualización que hagamos de la guerra. En primera instancia quizás no tengamos otro camino que el de resistir: resistirnos a admitir como única posibilidad la instauración de ese vacío que solamente pueda ser llenado con la imagen de quien arenga a la tribuna. Obligados a repensar las cosas, tendremos que prepararnos para asumir el duelo por la desaparición del orden en que nos formamos: ese orden, precisamente ese mismo orden que hoy se muestra capaz de excluirse de la responsabilidad que él mismo tuvo en su propia desaparición..
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Estatuirse en la condición de víctima facilita en los demás una comprensión susceptible de transformarse en cólera cómplice: el advenimiento del aplauso de la política pública que el tirano ejerce no procede sino de que algo en nosotros mismos se reconoce idéntico en la biografía: todos alguna vez hemos perdido algo.
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