Por Eduardo Botero Toro

Médico Psicoanalista

 

Conferencia  pronunciada  el 14 de febrero de 2001 en el Seminario Violencia, Salud y Derechos Humanos, organizado por el Hospital Santa Ana de los Caballeros, de Ansermanuevo, Valle del Cauca.

Buenos días.  Agradezco esta invitación a hablar ante ustedes el día de hoy.  Algunas personas creen que tengo algo para decirles y, sin herir la honra y la amistad que gentilmente me han brindado, quiero decir que su credulidad es excesiva.  Yo me pregunto, desde hace tiempo, si es pertinente o no hablar de violencia en medio de una violencia que quienes hemos nacido después de 1948, no hemos dejado de conocer o de padecer, día tras día y sobre todo, noche tras noche. 

 

Por eso me parece excesivo que alguien crea que alguien tenga algo para decir, más de lo que ya se ha dicho, más de lo que se ha escrito, más de lo que se ha comentado.  Pero bueno, al fin y al cabo en Colombia, si algo hemos aprendido, es justamente a familiarizarnos con el exceso.  No han transcurrido ni dos días de la noticia de la entrega de un criminal en serie, cuando ya los cables están anunciando al mundo que su caravana de la muerte ocupa el primer lugar en el ranking mundial de crímenes en serie.  Y un extraño humo invisible se apodera entonces de nuestras mentes y nos inhibe de formular todo un buen sartal de preguntas singulares acerca de lo sucedido; es como si el exceso que coloca a nuestro criminal como sustituto de los héroes deportivos nuestros que triunfan internacionalmente, nos obnubilara el pensamiento, nos paralizara la duda, nos abocara al silencio.

 

Algo debe estar entonces sucediendo con nosotros cuando el exceso nos produce esa especie de satisfacción bobalicona.  Porque fíjense ustedes: no estamos ante una censura propiamente hablando, una censura de prensa o algo parecido.  Si hay maquinaria funcionando,  es  una cuyo producto esencial es el exceso.  Lo excesivo, lo singular, lo excepcional, esas son variantes de ese producto esencial, que es capaz de conferirnos el poder de incrustarnos en un silencio del que no logramos salir como no sea por vagar y divagar en torno al tema de ir dentro de nosotros mismos, lo que, según el poeta,  significa errar (León de Greiff).

El exceso nos coloca en posición de hipnotizados con sus fulgores, de paralizados con el hipnotismo y desarmados conceptual y comportamentalmente frente a su insidia.  Vagamos y divagamos en un pensamiento que, no traduciéndose en fórmulas de solución a un problema, tiende a convertirse en lo que los psicólogos denominan “pensamiento rumiativo”, propio de la neurosis obsesiva que retoña cosechas de dudas en los desfiladeros de una conciencia empobrecida por el miedo.  Por cierto, la estadística se ha encargado, contra todo deseo del que la produce, de cuantificar los excesos y ponernos a todos en el lugar de sus consumidores más capaces de balbucir en eco el resultado pero, al mismo tiempo más incapaces de hacer algo que atempere lo excesivo.

 

No obstante,  errando, de yerro en yerro, vamos caminando, sobreviviendo, como en la canción de Víctor Heredia. 

 

Yo, particularmente, desconfío en primer lugar de mis propios análisis. No por una especie de prurito de falsa modestia ni obedeciendo una secreta consigna cartesiana.   Y por eso creo que se me concede credulidad excesiva cuando se me invita a hablar acerca de la violencia.  De este asunto que, ¡quién lo creyera!, ha gozado entre nosotros de tal perpetuidad en el tiempo que hasta ya existe la especialidad del violentólogo, esto es, experto en el conocimiento de la violencia. Bien, aquí estamos ante otros dos excesos.  Este último, el de la violentología, que ya es casi una profesión.  El primero… ah, el primero, es el exceso de confianza que tenemos los que analizamos el problema, cuando creemos estar aproximándonos a la comprensión del mismo. 

 

Obsérvese esto: nuestro lenguaje tiende a ser deliberadamente taxativo cuando formulamos interpretaciones acerca del problema, pero espectacularmente balbuciente (cuando no mudo), al proponernos postular modos de actuar o de reaccionar frente a un problema.  En el primer lugar, la argumentación y las pruebas nos la facilitan la investigación y el cotejar información existente.  En el segundo, solamente la honradez es lo único que acatamos invocar para que se nos entienda incapaces de garantizar la solución de un problema. 

 

Otros habrán de continuar en su propia perspectiva de trabajo y no será correcto de mi parte ignorar o contradecir el valor de sus hallazgos ni de insultar la ausencia en los mismos de una perspectiva clara, unívoca, incuestionable, la misma que a cualquiera que trasiegue en estas lides le faltará siempre.

 

Entonces, dado que estamos familiarizados con el exceso, cometamos uno más.  Atrevámonos a pensar el problema que nos afecta avanzando simultáneamente en dos perspectivas: la de dar cuenta acerca del mismo y la de dar cuenta de quiénes somos nosotros a medida que vamos estudiando el problema.

¿Somos los únicos?

Resulta excesivo considerarnos los únicos afectados por la perpetuidad de un problema como el de la violencia.  No resulta excesivo interrogarnos acerca de los efectos que en el estado de ánimo de los que habitamos este país, produce la consideración excesiva.  Supongo que para quien gusta de hacer goles, vanagloriarse con que los suyos sean considerados los mejores que se han producido en los últimos años, va de suyo.  Supongo que quien fabrica muebles,  ser considerado el mejor fabricante de muebles en el mundo, le sea placentero.  Supongo que para el productor de comentarios deportivos en la radio, que su forma de trabajar sea considerada por los colegas de otras partes del mundo como inigualable, sea motivo de regocijo y  orgullo. Supongo que para quien goza torturando, hiriendo, asesinando, secuestrando y desapareciendo, que haga parte del país más violento del mundo, le significará motivo de placer, regocijo y orgullo.  Va de suyo.  Supongo, finalmente, que resulta entendible el trance en que deben colocarse, en sus respectivos campos, el goleador, el fabricante de muebles, el comentarista deportivo o el asesino.  Pues bien: el no goleador, el que no es fabricante de muebles, el que no ejerce como comentarista radial o quien no comete crímenes, ¿cómo entender que entre en un trance con la notificación del éxito de los que sí son?

 

Debemos considerar pues, ante todo, este hecho: cómo es que deriva satisfacción de ello, aquel que no hace parte del resultado que se celebra como inigualable.  Y en lo que respecta al ranking infernal de la violencia, qué satisfacción puede derivar una población que usualmente aporta sus víctimas y cotidianamente convive con sus victimarios. ..

 

Cualquiera, más sensato que yo, refutará esta manera de proceder frente al asunto y dirá que la pregunta misma significa ya una respuesta: la respuesta es que todos, absolutamente todos, derivamos cierta satisfacción con el problema de la violencia. 

 

Yo, menos sensato, debo ir más despacio.

 

Diré que todo depende de lo que entendamos por “satisfacción”.  Por cierto: algo va del que celebra con danza y  licor mientras lleva a cabo una masacre, al que simplemente suspira en su trance sabiéndose ciudadano del país más violento del mundo.  Danza y licor en el primero, no son equivalentes del suspiro del segundo.  Pero el primero es actor, el segundo espectador y lo que el primero representa ante el segundo, no es una obra de teatro ni una película… El primero cree en la realidad de su placer y de hecho, en los archivos psicológicos de algunos criminales reposa la información acerca de los orgasmos que sienten mientras asesinan a sus víctimas.  En estos casos la satisfacción es evidente y buena parte de la facilidad con la que un asesino cambia de postor, se explica en gran medida porque en cualquier caso la acción produce satisfacción independientemente de quien la ordene o de la paga que se reciba. 

 

Pero un suspiro no es un orgasmo, aunque todo orgasmo se acompañe siempre de suspiros.  El espectador ¿en qué cree mientras contempla la noticia del  drama que ejecuta el actor?  Cree en que es eso, simplemente, UNA REPRESENTACIÓN.  Una representación en lo real, por supuesto, y una satisfacción que deriva es la de que él no haya sido la víctima en ese drama. Satisfacción precaria, si se quiere, pero al fin y al cabo satisfacción. La sucesiva ocurrencia de estos dramas, la capacidad de los noticieros de banalizarlos al colocarlos al lado de la publicidad de una toalla sanitaria o de un desodorante o del resultado del último encuentro de fútbol, contribuye a que aquella satisfacción ingrese en el engranaje de la repetición y cual orgasmo masturbatorio, conceda al beneficiario la sensación de forzar en la realidad una emoción a partir de considerar la realidad misma como una fantasía. 

 

Dice un pensador de la humanidad que esta no descubrió el fuego hasta tanto los hombres no reprimieron las ganas de orinarse en él.  Era tanto el placer que derivaban del sonido que se desprendía al momento en que la orina entraba en contacto con el fuego que preferían la satisfacción no obstante el resultado.  Tuvo que obligar la glaciación a  quienes se salvaron a que se incrustaran en las cuevas para  prohibir el orinarse en el fuego y salvar esta vez la vida a expensas de su utilización racional.

 

En otras palabras, esta ingenua referencia sirve para entender que el asunto de la conquista de la pacificación de las personas, es similar al asunto de la conquista del fuego: implica en primer lugar, reconocer que estamos más próximos a satisfacer nuestras exigencias más pueriles e inmediatas que a derivar placer fruto de un trabajo arduo y prolongado y, en segundo lugar, que al parecer, solamente tragedias de magnitudes superiores, inevitablemente nos conducen a conseguir un comportamiento distinto a cambio de muchos años de dolor y de desangre. 

 

Si el amor fuera primero que el odio, el primer mandamiento de la tabla que recibiera Moisés en su travesía hacia la tierra prometida, sobraría.  Porque el amor no es algo que se de a la humanidad a través de su naturaleza ni de los genes, debe ser fruto entonces de un imperativo, un mandato, un objeto de obediencia.  Y lo es porque lo que existe primero es el odio, de lo contrario no sería indispensable ordenar el amor. 

 

El exceso de amor por sí mismo

Hablaré en este punto de dos formas del yo: el yo ideal y el ideal del yo.  Son dos formas que nos constituyen en el psiquismo a todos los sujetos. Siendo deliberadamente esquemáticos, el yo ideal representa a ese yo que cada quien es para su madre al momento de nacer.  El ideal del yo representa aquello que cada cual desea llegar a ser en un futuro.

 

Observemos una diferencia, aquí, de entrada:  para que exista, el yo ideal, el sujeto no requiere  hacer esfuerzo alguno,  basta haber nacido, ser grato a los ojos de su vieja y pasar sus primeros meses de vida recibiendo alimentación, cobijo y alivio, sin tener que hacer nada para merecer el cuidado.  Basta que exista.  Es lo que los psicoanalistas llamamos “el niño maravilloso de la madre”, ese con el cual ella se extasía, lo exhibe con orgullo y lo pasea por todas partes como emblema maravilloso de sí misma.

 

El ideal del yo, por el contrario,  implica asumirse como sujeto luego de la separación con la madre.  Implica identificarse no solamente con una identidad futura sino con el trabajo que debe realizar para conquistarla.  Identificarse quiere decir, reconocer y aceptar que para derivar el amor y el reconocimiento de otros, es indispensable llevar a cabo acciones que nos hagan merecedores de aquel. 

 

Si algo confluye en la explicación del fenómeno de la violencia, es justamente, el exceso de yo ideal.  Definamos este exceso.  Dos roles confluyen en la ejecución de un crimen: el intelectual y el material.  Me refiero a roles, porque cada rol puede ser desempeñado por uno o por varios individuos.  Ambos ejecutan un libreto, un texto: consideran que ellos son los que deciden quién puede y quién no puede seguir perteneciendo a la comunidad de los hombres y de las mujeres de una región, de un país.  En tal sentido, ambos se postulan última instancia, instancia de decisión suprema para el destino de una o de varias víctimas.  Ya esto implica colocarse, ellos mismos, por fuera de las reglas que esa comunidad de hombres y de mujeres, ha establecido para efectos de regular su vida de relación.   Si recabamos con serenidad, estamos ante vocacionales sustitutos de aquel que las creencias religiosas colocan en la cúspide de la justicia: Dios.  Son ellos quienes definen quién merece continuar con vida y quién merece perderla.  Cual “divinos niños”, se abrogan el derecho a decidir la suerte de un semejante, bajo diversos modos de llevar a cabo las órdenes y las ejecuciones.  En tal sentido, ni les interesa granjearse el amor de nadie, ni les interesa confirmar que el reconocimiento que les dispensan los sobrevivientes nos más que la máscara obligatoria de un miedo capaz de disimular la peor de las rabias.  Casi autísticamente se postulan, con sus acciones, amos absolutos de la existencia de todos. 

 

Esto nos explica, en parte, el asunto del exceso del yo ideal. Pero en la ocurrencia de un crimen, existe un tercer personaje: la víctima.  Hasta ahora, buena parte de los estudios acerca de la violencia, se han encargado de intentar explicaciones acerca de la psicología de los violentos.  En otras palabras, ha interesado sobremanera a los estudiosos de este asunto, preguntarse el porqué del criminal, el porqué de su existencia como tal, el porqué de su disposición para la violencia.  A mi, después de analizar durante muchos años esos estudios, no me cabe la menor duda de que todos son aproximaciones a una verdad manifiesta: cuántas razones para explicar la puesta en acto de los crímenes será necesario escuchar, cuánto tiempo habrá de transcurrir, para que concluyamos que es el placer y solamente el placer de matar el que induce a autores intelectuales y materiales a llevar a cabo sus crímenes. 

 

Pero dichos estudios no acometen una explicación acerca del porqué de la eficacia de los criminales, es decir, porqué fracasan tan pocas veces en sus acciones, porqué aciertan en un gran porcentaje en las mismas, porqué todas las cosas parecen facilitárseles…  Es en este punto que aparece el tercer personaje: la víctima.  De cierta manera considero que la víctima (es decir, todos nosotros…) también se encuentra (nos encontramos) presa de un exceso de yo ideal. Me explicaré, brevemente, al respecto.

 

Dos fenómenos socioeconómicos y políticos, confluyen en el presente: la liberalización de los mercados y la promoción de los valores democráticos.  Es distinto a lo que acontece en otros países en los cuales la liberalización del mercado va  acompañada y dirigida por  la dictadura de un partido único.  Entre nosotros no.  Y la ideología del consumo, verdadero valor sagrado de la mentalidad de la liberación del mercado, nos ha colocado a todos en un puesto, el de usuarios, llevándonos a considerarnos unidos por el hecho de que todos, de un modo o de otro, coincidimos en considerar que estamos expropiados de algún derecho y, por lo tanto, nos consideramos más proclives a reivindicar el nuestro propio y menos responsables de cumplir con los deberes que la pertenencia a la comunidad de los hombres y de las mujeres nos exige. 

 

Pero una cosa es colocarnos en la perspectiva de reivindicar un derecho que nos es violado o del que somos enajenados desde la condición exclusiva de usuarios, y otra es la de reivindicarlo desde la perspectiva de ciudadanos.  El usuario solamente posee derechos, el ciudadano tiene derechos y deberes

 

Como usuarios, somos pensados por los demás y las decisiones que nos afectan son decididas por otros.  Otros hablan por nosotros y basta vernos el descontento para que no falte quien, lacrimosa y (me perdonan la expresión) “robinhoodescamente”, se postule como nuestro representante ante los ojos de la autoridad suprema. 

 

Como ciudadanos tenemos la obligación de tomar decisiones por nosotros mismos y velar por que se cumplan los acuerdos derivados de ellas, teniendo que responder por nuestras acciones y omisiones al respecto. 

 

El usuario, siempre, es el objetivo de la publicidad y de los noticieros.  La opinión pública es el objetivo de quienes reflexionan honradamente en las cosas. El problema es que deliberadamente tiende a confundirse usuario y opinión pública, cuando en verdad no constituyen lo mismo.  Veamos un caso explicativo de la diferencia. Los cuenta-habientes de la entidad bancaria que embargó los instrumentos con los que investigaba el equipo del doctor Manuel Elkin Patarroyo, guardan  silencio frente a lo que no significa otra cosa que un vulgar caso de intento por apropiarse de la patente del resultado de la investigación del científico tolimense.  El ciudadano Manuel Elkin Patarroyo, opta por suspender sus trabajos con los aparatos embargados, denunciar la maniobra rapaz y trasladarse, con su equipo, a otras instalaciones no sujetas a embargo por banco alguno.  El silencio del cuenta-habiente (usuario) es elocuente, así como la palabra y la acción del ciudadano Manuel Elkin Patarroyo.  A quien, entre otras cosas, el capital privado parece no perdonarle haber cedido los derechos de la patente de su vacuna en proceso de investigación, a la Organización Mundial de la Salud, con lo cual el investigador impidió que la vacuna ingresara en el criminal circuito de un mercado que parece estar destinado solamente a proveer a quienes están en capacidad de pagar el coste de las vacunas patentadas por laboratorios privados.

 

Inmersos en la condición de usuarios, reaccionamos ante los excesos con la misma estupidez del contemplador de comerciales de televisión que se extasía escuchando a las águilas hacer poemas de amor a los pollitos (“Conavi quiere a la gente, la gente quiere a Conavi” dicen los publicistas de Conavi, no los de los deudores morosos, de los afectados por el Upac…), a los acaparadores financiando campañas de amor por las ciudades, a los envenenadores del medio ambiente promocionando monocultivos de pinos y de cipreses, etc. 

 

En cierta medida, pues, somos “divinos niños”, dispuestos solamente a poner el grito en el cielo del mercado cuando se nos viola un derecho, pero totalmente incapaces de responsabilizarnos por el cumplimiento de un deber indispensable en este momento de insolidaridad y de falta de ganas de seguir viviendo: el deber de proponernos saldar cuentas con el baño de sangre en que nos regodeamos a diario. 

 

La coexistencia de autores intelectuales, materiales y de víctimas, en el exceso de yo ideal, explica, a mi parecer, el porqué de la eficacia de los victimarios.  Renunciando a la condición de ciudadanos (con todo lo que esta condición exige de cada uno), nos colocamos en la forma más trágica de la condición de usuarios, cual es la de ser siempre víctimas de algo.  Y lo que descubrimos en la racionalización que los autores intelectuales y materiales de los crímenes hacen para explicarnos el porqué de sus acciones (generalmente cuando son sorprendidos en flagrancia), es que ellos también han sido víctimas de algo y nos dan a entender que la ejecución actual de sus actos, obedece a ese hecho, al de tener que saldar deudas, es decir, por haber sido víctimas de algo.

 

Un obstáculo, pues, debemos pensar en superar.  Me refiero a un obstáculo en el camino de lograr la pacificación de nuestra vida de relación en Colombia.  A eso me referiré a continuación.

 

¿Qué significa tener futuro?

Algunos de los presentes habrán tenido oportunidad de ver la película dirigida por Víctor Gaviria, No Futuro.  Yo no me voy a detener en su contenido como sí en su título: no futuro

 

¿Qué implica no tener futuro?   

 

Vamos por partes.  En primer lugar, entendamos la expresión.  ¿A qué alude?  A una existencia sin perspectivas, sin metas, sin propósitos.  Es, en cierta forma, una expresión de incredulidad en las escasas bondades del vivir.  Una patética declaración de que toda perspectiva de existencia más allá del presente, nos está vedada o nos será imposible acceder a ella. 

 

Como decía, pues, los presentes o algunos de ustedes, quizás conozcan  la película de Víctor Gaviria, No Futuro.  Yo no apelaré aquí a analizar su contenido, sino que me valdré del título para compartir con quienes hayan visto la película el sentido que el título le da a la existencia que dramatizan unos actores que, según ha dado a conocer en entrevistas su director, han ido cayendo asesinados, uno a uno, después de haber rodado la cinta.  Actores en la película y en la vida real que, agregan además, según un trabajo periodístico producido hace unos años, por la misma época en que se rodó la película, otra expresión que amerita ser traída aquí a cuento: No nacimos pa’semilla.

 

Perder la posibilidad de tener futuro es perder demasiado.  No estamos ante una pérdida de algo material, tangible, estamos ante la pérdida de posibilidades para una historia,  continuación de ésta presente.  Implica perder la perspectiva de ser semilla, esto es, de sustituir a uno de nuestros mayores en el puesto que hoy desempeña.  Haber sido biznietos, nietos e hijos, para pasar a ser padres, abuelos y bisabuelos.  Implica perder la posibilidad de reconocernos si no como eslabones de una cadena intergeneracional que se desarrollo con el concurso de cada eslabón constituido, sí por lo menos como iniciadores de una cadena. 

 

Implica negar el valor que se ha concedido al hecho de ser semilla, simiente, semen originario de otro que advendrá después y nos reemplazará y  sustituirá como padres al tiempo que por ello dejará de ser exclusivamente hijo.  De ahí la expresión, verdadera traducción criolla del aforismo del Derecho Romano: Madre no hay sino una sola, padre es cualquier H.P.*

Ya esto implica saberse condenado, asumirse condenado a ocupar en cualquier momento el mismo lugar que ocupan las víctimas del que decide quién sí y quién no merece vivir en el mundo. 

La creencia de que no hacemos parte de una cadena generacional como uno de los múltiples eslabones que el tiempo se encarga de volver uno más y el acceso a conquistar la posibilidad de contar con ideales del yo asumiendo la muerte o, si se prefiere, el repliegue del yo ideal, esa creencia se traduce, inevitablemente en la existencia de sujetos ya no solamente instalados en la fatalidad de su inevitable desaparición sino de sujetos que, ante esto, no tienen otro camino que buscar afanosamente aquello que tanto anhelan para lo cual no les queda otro camino que el de comprar el tiquete que los conducirá más pronto que tarde a tal destino: porque al elegir el camino del placer matando, se eligen las reglas que rigen el juego decidido por la verdad de que el que siembra vientos cosecha tempestades.  No existe ser humano sobre la tierra que pueda asegurar haber comprado su permanencia en la vida por el tiempo que haya deseado vivir.  Tarde que temprano habrá jueces garzones o guzmanes para toda clase de pinochets y compadres.  Ni la dignidad alcanzada, ni la pertenencia a la escala más baja de la jerarquía criminal organizada o desorganizada, podrá salvarles del escrutinio de otros más poderosos que, una vez hayan establecido que la peligrosidad de sus críos conspira contra la seguridad de sus imperios, procederán a entregarles sin el mayor recato de conciencia .

Porque quien elige asesinar él mismo queda presa de la muerte.  El que mata se excluye a sí mismo de una comunidad que taxativamente prohíbe el matar: las coordenadas en las que se instala son aquellas mismas por las cuales podrá ser juzgado y condenado en un momento determinado.  No es la retaliación de los familiares sobrevivientes de sus víctimas la que le condena tanto como sí el hecho de que él mismo consideró imperativo decidir quién sí y quién no merece vivir. 

Si, para mi, la historia del mundo se reduce a la historia de mi nacimiento, si antes que yo lo que existía era la nada y después de mi nada existirá, ya no solamente me revelo “divino niño” sino sujeto único, aislado de la comunidad de los hombres y de las mujeres, objeto exclusivo frente al cual todos los demás deben prosternarse en tierra. 

Las racionalizaciones del ejercicio del odio

Lo anterior nos revela al criminal en el puesto del cínico.  Pero resulta llamativo el hecho de que cuando es detenido, o cuando los medios le conceden ese puesto de actor de primera línea, observamos al criminal deshacerse en toda clase de racionalizaciones acerca de los actos que comete.  Mata para darle un apartamentico a la cucha, secuestra para obtener impuestos que auxilien su causa, desaparece para proteger los intereses del estado… Como si fuera imposible afirmar su acción en sí misma y tuviese que apelar a la piedad y a la simpatía de sus interlocutores para recibir comprensión, benevolencia o apoyo para el trámite de sus crímenes. 

Sobrevendrán entonces las voces y las mentes que darán cuenta de las explicaciones acerca de los actos criminales: desde las que apelan a la pobreza como fuente de criminalidad (como si los autores intelectuales ejercieran desde los tugurios) hasta las que le confieren a la cucha la responsabilidad en la gestación del sicario.  Pero en común, todas ellas, gozan de la capacidad de escamotear lo que aparentemente la vocinglería noticiosa contiene pero a lo cual se concede poca importancia: el placer que derivan los criminales al momento de cometer sus acciones. 

Existe una teoría que se ha venido haciendo relativamente popular en nuestros medios académicos, según la cual la violencia en Colombia se explicaría como resultado de la desaparición de la imago paterna.  Por imago paterna entienden el rol, la función para la cual estaba establecido el padre: el de ser el transmisor, a nivel familiar, de las normas.  Se dice que paralelamente con el aumento de la llamada familia monoparental, esto es, aquella familia en la cual la mujer opera como único padre, los índices de criminalidad crecen reafirmando entonces que habiendo desaparecido el padre o la función que antes ejercía, quedan dadas las condiciones para que los criminales se formen en un ambiente propicio para convertirse en tales.

Una justificación de tal teoría se basaba en las declaraciones que algunos delincuentes sorprendidos en flagrancia, concedían a los medios deseosos de obtener la chiva de la entrevista con el criminal: decían muchos de estos que se habían comprometido en la empresa criminal con el fin exclusivamente de abastecer a su madre de la  satisfacción a necesidades primarias tales como vivienda.  En este caso, el criminal parecía estar queriendo probar que su acto obedecía a los imperativos de solidaridad y de ejercicio de buen hijo más caros del ser humano*.  En la flagrancia, parecía quedarle el recurso de apelación no a una instancia jurídica tanto como sí a la piedad de los espectadores.  Sin embargo, una cierta sonrisa de beneplácito, una cierta sonrisa de satisfacción, quedaba por fuera de cámaras: la de quien había impartido la orden al criminal para disparar contra su víctima.  Al declarar que el crimen lo había cometido para abastecer a su madre de vivienda, el criminal enviaba cierto mensaje a su jefe: tranquilo jefe, esto digo.  La declaración escondía una más radical pero también más cierta.  La de que estaba llevando a cabo una misión que  le había encomendado un patrón, su patrón.

Al respecto de la existencia de este, de la existencia de una orden de obligatorio y remunerado cumplimiento, el silencio era total

Los psicoanalistas no acostumbramos tomar la declaración de alguien como la que contiene la explicación de sus intenciones.  Preferimos preguntarnos por aquello que el que habla está, al tiempo que habla, callando.  Lo que oculta, lo que no revela.  Por eso resulta sorprendente que algunos psicólogos y psicoanalistas se hayan volcado a ofrecer explicaciones acerca de la naturaleza de los criminales, basados en declaraciones que estos mismos han calculado para efectos de mantener ocultas las verdaderas intenciones que los animaron.

Ante esto, seguir pensando que la violencia se explica por el excesivo amor que el sicario tiene por su vieja, implica escamotear la excesiva adhesión que tiene por un patrón, verdadero sustituto de aquel padre que se coloca por encima del bien y del mal, que se considera en el derecho de que es el que decide quién merece vivir y quién no, ese padre que estipula, como único derecho, disponer de todas las mujeres, de todos los hombres y de todos los bienes. Un padre fundido con el yo ideal y, por tanto, eximido de toda limitación a su poder, para quien ninguna autoridad civilizada vale más que el pago.

La versión de “nuestro” padre: la perversión

No existe valor que el criminal no coloque a su servicio: desde el tatuaje con la leyenda Dios y Madre que hace inscribir en su cuerpo, hasta el uso de toda clase de objetos-fetiche y de prácticas supersticiosas para contar con suerte en la acción.  El ajo macho, la foto de María Auxiliadora, el escapulario amarrado en sus tobillos, la cruz tatuada entre el pulgar y el índice, por el lado del dorso de la mano y que besa antes de disparar pidiendo le conceda puntería, el rezo de la madre del sicario que enciende dos veladoras una para que a su hijo le vaya bien en su trabajo y otra por la viuda de la víctima, la pólvora que mezcla en el licor para que le de sangre fría y aquiete los nervios, el diazepam que porta para calmar la ansiedad durante su acción, la foto de su hijo, en fin, todos estos objetos constituyen un inventario de auxilios mágicos y de representantes de una credulidad . 

La capacidad de sincretizar toda una serie de creencias que van desde la magia hasta la religiosidad o la ciencia misma, parece ser una característica.  Es lo que llamamos la capacidad de practicar valores contradictorios sin importar para nada esa contradicción.  Quiere decir que no existe el interés en resolver una contradicción en términos de optar por uno de sus términos sino que existe el afán deliberado, incluso involuntario, de conciliar todas las tendencias que para otras instancias, las adjudicadas por Freud a la conciencia,  resultan irreconciliables. 

Yo no he encontrado una aproximación a entender esto por otra vía distinta de la lectura de la novela negra o novela policíaca.  Existe un autor cuyos libros son de fácil acceso y de precio cómodo, James Ellroy, que es un autor que conoce con mucha profundidad lo que se mueve en el ambiente corrupto del hampa de Los Angeles, California, en los Estados Unidos de América.  Quien lea alguna de sus novelas (La Dalia Negra, La colina de los suicidas, Los Angeles Confidencial –esta última llevada al cine con el mismo título-, América, Réquiem por Brown, etc.).  Yo vengo recomendando la lectura de este autor con la firme convicción de que en ella, a pesar de tratarse de un escritor norteamericano, el lector podrá encontrar un verdadero estudio de contexto y de personaje, simultáneamente. 

Porque en lo que se refiere al contexto, debemos tener en cuenta que la capacidad de proliferación de un comportamiento que reiteradamente se coloca como se dice, al margen de la ley, no puede lograrlo sino a condición e que el ambiente sea propicio para ello.  Italo Calvino, el escritor italiano ya fallecido, en algún ensayo consideraba la diferencia entre las sociedades corruptas y las sociedades civilizadas, señalando que mientras  en las segundas era al hampón a quien le correspondía habitar en los subterráneos y en la clandestinidad mientras que el ciudadano honrado podía gozar de la vida pública con un relativo control sobre sus temores, en las sociedades corruptas era al ciudadano a quien le tocaba habitar en la clandestinidad y el hampón el que gozaba del privilegio de la vida pública.

El asunto no es tan sencillo, pero aunque el escritor se refería a la sociedad italiana de los años 60 y 70, creo que tal descripción se acerca con mucha aproximación a la realidad de nuestro país en los últimos 50 años.  El gran descubrimiento que la perversidad ha realizado en nuestro país y que ha venido ejecutando sistemáticamente desde que lo hiciera, ha sido el de que la manera más expedita de violar la ley es siendo la ley misma.

Observen ustedes la progresiva conversión de los funcionarios, de responsables de gestión en denunciantes de oficio.  Simultáneamente que se promulga la norma, se establecen los mecanismos para hacerla espúrea e inoperante y, mientras tanto, con una capacidad de mascarada y fanfarria, el funcionario logra sortear el temporal de la presión ciudadana, instalándose en una función para la cual existen entidades especializadas o que es propia de contrincantes del ejercicio del poder.  Proliferan entonces las declaraciones en las que el funcionario no demuestra cumplir con otro cometido que simplemente  denunciar, pero no respondiendo por el incumplimiento o la imposibilidad para cumplir con las funciones para las cuales fue nombrado o elegido. 

Una cierta práctica de un liderazgo consistente en eximirse del cumplimiento de sus deberes, y simultáneamente constituirse en abanderado circense de la denuncia, habla de que en las altas esferas del poder central otro liderazgo más eficiente, efectivo y eficaz, orienta a los funcionarios a ejercitarse en la función de potenciales chivos expiatorios, para lo cual se sustraen de cumplir con funciones que les acarrearían entrar en desgracia frente al verdadero Amo que desde una clandestinidad singular ejerce la función a su antojo.  Es como si progresivamente los esquemas de organización de la banda de pillos, se hubiera  entronizado en las altas esferas y desde allí, bajo la mascarada de la respetabilidad y de la honradez, se pudiera ejecutar el plan de pillaje organizado contra el bien público y de los ciudadanos. 

Recomendaré la lectura de una novela recientemente aparecida en las librerías colombianas, Alianza Maldita, de David Yallop, el periodista inglés que valiéndose de la ficción, alcanza a mostrar que los hilos del poder contra los ciudadanos, se mueven desde las apariencias de respetabilidad, de honradez y de dignidad que los medios de comunicación se encargan de mantener debidamente al día para mayor beneplácito de una política de exterminio sistemáticamente ejecutada contra los intereses de un ciudadano que boquiabierto y lelo, termina colocando como el avestruz la cabeza en el hueco pero no pudiendo impedir quedar de todos modos, todo el tiempo, en el ojo del huracán.

Éticamente, la capacidad de perseverar en la práctica de una contradicción para la cual da lo mismo blanco que negro, día que noche, bueno que malo, es el resultado que encaja perfectamente en el descubrimiento de la perversidad: la manera más expedita de violar la ley es siendo la ley misma es el descubrimiento que solamente ha podido triunfar porque el ejercicio sobre el cual se ha levantado, tiene la capacidad de practicar unos valores para los cuales resulta lo mismo ser derecho que traidor, como tan elocuentemente dice en Cambalache la canción de Enrique Santos Discépolo.

¿Qué hacer para pensar y qué pensar para hacer?

El panorama, pues, no es presentado con maquillaje y creo aun quedarme corto al respecto de lo dicho hasta aquí.  Sin embargo, me parece importante explicar el porqué a pesar de significar un panorama de modo tan oscuro, continuamos intentando realizar acciones y pensar al respecto.

Como este seminario tiene que ver con la Salud, los Derechos Humanos y la Violencia, creo que resulta pertinente comenzar el final de esta exposición planteándonos la pregunta entre el hacer y el pensar como elementos sin los cuales es imposible definir derroteros a seguir de tal modo que los mismos se traduzcan en eficaces maneras de poner, por lo pronto, diques de contención a un malestar que amenaza con fragmentar a la nación en verdaderas pequeñas naciones.  Imperios como el Romano o como el de la Unión Soviética, desaparecieron, nada nos hace pensar que nosotros estemos inmunizados contra tal posibilidad.

Tendemos a otra exageración: la de tomar partido por el pensamiento o la de tomar partido por la acción.  Discurrimos por esta especie de contradicción antagónica e insuperable entre lo que en otros tiempos se llamaban la teoría y la práctica.

Nos han informado que en el Hospital Santa Ana de los Caballeros se busca conformar un equipo de trabajo concebido para acometer el estudio de la violencia y, además, formular y ejecutar políticas tendientes a atender la problemática desde la perspectiva del sector salud.  Yo quisiera transmitir algunas ideas que pueden servir a tal propósito, seguro de que la exposición hasta aquí solamente ha contribuido a poner en consideración elementos generales y de contexto que pueden servir para acompañar la necesaria meditación reflexiva que, insisto, deberá acompañar permanentemente toda política que se diseñe para atender el problema.

Pero si miramos el diagnóstico que hacen la OPS y la OMS de la situación por la que atraviesa la región en materia de violencia, nosotros nos quedamos cortos en el nuestro: “Las muertes y traumatismos ocurridos por causas violentas vienen aumentando en la región de las Américas a pasos alarmantes”, comienza diciendo el texto titulado Plan de Acción Regional en Violencia y Salud de la OPS.  No me voy a extender en los comentarios a un texto que presenta a la violencia como un mal endémico y que se ha convertido en un verdadero problema de salud pública en varios países, su contribución porcentual a la mortalidad y su contribución a los años de vida potencial perdidos. 

Quisiera  detenerme, sí, en los Principios Generales, los Objetivos, las Estrategias, la Operacionalización del Plan, las Actividades, los Resultados Esperados y el Seguimiento y Evaluación del Plan.  Detenerme en ello no quiere decir desarrollar punto por punto, sino destacar las líneas implícitas y explícitas que se extienden a lo largo de los asuntos señalados.

1.        Principios Generales

Después de haber considerado la Dimensión general del Problema, señalar que la etiología de la violencia se encuentra en el cruce de factores negativos del individuo y la sociedad, la amenaza que la violencia representa para la construcción y consolidación de regímenes democráticos y de procesos sociales de democratización en las sociedades, la progresiva desensibilización del valor de la vida y del respetuo mutuo a nivel de autoridades y de población civil, el traslado de la violencia a los ámbitos privados de la familia y de las relaciones privadas… después de señalar que el sector salud prácticamente se ha reducido a reparar los daños físicos en los servicios de emergencia y atención especializada y su incapacidad para frenar el aumento de la mortalidad y la morbilidad por vionencia, la precariedad en la obtención de información adecuada, la concentración de la práctica en el tratamiento de las lesiones… después de considerar que toda política de promoción debe ser un ejercicio de planeación y acción social a favor de la salud y de concluir que la prevención de la violencia implica estimular la interacción de actores sociales diversos….

… el documento establece como Principios Generales, los de Integralidad (por la etiología de múltiples causas en la violencia), Equidad (para disminuír la vulnerabilidad de algunos sectores), el Compromiso político (incorporando la violencia como tema importante en las políticas de desarrollo), la Cultura ciudadana (fortaleciendo estilos de vida, actitudes y formas de convivencia adecuadas), el Conocimiento en función de la acción (comprensión del fenómeno) y la Participación social (pues la violencia es un problema que atañe a todos los miembros de la sociedad).

2.        Objetivos

Que como en todo Plan se dividen en Generales y Específicos.

2.1.           Generales

Se destacan:

- Contribuir al fortalecimiento de las democracias: promoviendo actividades de prevención y de promoción que enfrenten y superen las diversas formas y manifestaciones de violencia.

- Que las políticas de prevención y promoción se integren a las políticas públicas de salud

- Ampliación de la cooperación técnica de la OPS

- Apoyo a programas dirigidos a promoción y prevención de la violencia y disminuir sus efectos en grupos vulnerables

2.2.           Específicos

- Desarrollo de conocimientos, métodos y estrategias

- Cooperación entre países miembros

- Constituir comisiones de integración intersectorial que comprometan sectores público y privado

- Prevenir y reducir la violencia

- Consolidar administración y recursos para dar seguimiento, apoyo y monitoría del Plan

- Propuesta de Comunidades Seguras o Municipios Saludables

- Ajuste de servicios de salud a la situación generada por la violencia desde el punto de vista epidemiológico

- Fomentar constitución de centros capaces de investigar, programar, ejecutar y evaluar acciones de prevención de eventos violentos y atención y rehabilitación de víctimas

- Promover proyectos específicos que: disminuyan violencia intrafamiliar, alerta a las poblaciones contra los estragos de la violencia, promoción de culturas de convivencia ciudadana, respeto mutuo y manejo y resolución de conflictos, promoción  de cambios de actitud en las fuerzas de seguridad en sus relaciones con la comunidad

- Promoción de legislación de apoyo a los programas

- Facilitar intercambio de información

- Capacitación de recurso humano

- Promoción de intervenciones desde los sectores de salud, educación y de comunicación social, promoviendo valores y estilos específicos de manejo de la agresión y solución de conflictos.

3.       Estrategias

Validos de conocer los anteriores, podemos esperar entonces que las estrategias que se plantean incitan a que el sector salud asuma una posición de liderazgo, lo cual implica que se involucre en el estudio y en la acción con respecto al problema de tal manera que desde allí pueda formular alianzas estratégicas con otros sectores, coordinar esfuerzos intersectoriales en la perspectiva de cumplir con metas determinadas, movilizar recursos y ajustar los actualmente existentes a la solución específica del problema.

Todo esto incluye un gran esfuerzo en el desarrollo de políticas, de planes y de programas, acuerdos con la comunicación social, capacitación, investigación, diseminación de la información, participación social y ciudadana, asesoría técnica, etc.

4.      Operacionalización del Plan

Contempla dos dimensiones de ejecución: la regional y la local.  La de orden regional contempla actividades de sensibilización, promoción del compromiso político, generación de soporte legal e institucional, documentación y diseminación de la información.

La local, se busca que el Plan funcione de forma descentralizada: incluir prevención y promoción en materia de violencia en planes ya existentes, definir como escenario local las fronteras municipales bajo la forma de Municipios Saludables en tanto que este escenario es el espacio operativo más propicio para la negociación y resolución de conflictos locales, comprometer a los gobiernos locales en la convocatoria de las metas de promoción y de prevención.  De tal manera pues que el sector salud debe proponerse en este ámbito, acciones de cooperación local apoyando a los municipios en la elaboración y ejecución de planes integrales para prevenir y reducir la violencia…

5.        Actividades

Conformaciones de Comités Técnicos, apoyo logístico, identificación de actores regionales, conformación de Consejos Locales.

Identificación de entidades nacionales e internacionales que apoyen programas de lucha contra la violencia

Identificación de recursos nacionales e internacionales

Iniciativas de búsqueda de recursos para programas locales.

Realización de Talleres a nivel local y regional sobre análisis situacional de la violencia y diseño de estrategias

Diseño de planes locales integrales para prevención y reducción de violencias.

Apoyo a programas especiales existentes

Conformación de Red Regional pro-Municipios sin Violencia.

Diseños de estrategias de comunicación social para informar y divulgar mensajes orientados a afirmar valores de convivencia y respeto mutuo

Seminario regional sobre “Medios Masivos y Violencia”

Visibilizar la violencia a través de los servicios de salud

Fomento de valores ligados al diálogo, al trámite pacífico de conflictos

Producción de materiales audiovisuales, documentales, mensajes…

Desarrollo de metodologías de capacitación dirigidos a: funcionarios públicos, líderes comunitarios, representantes de organizaciones no gubernamentales y de otros sectores en diagnósticos participativos de la violencia a nivel local.

Estimular la participación social, negociación y mediación y apoyo comunitario a víctimas de la violencia.

Capacitación de funcionarios del sector salud para responder a demandas específicas relacionadas con los efectos de las violencias

Apoyo a ONG’s para que desarrollen actividades de capacitación en temas relacionados (violencia intrafamiliar, maltrato y abuso infantil, violencia de género, etc.)

Promoción de capacitación a funcionarios para ejercer protagonismo en programas de prevención intersectoriales

Diseños de protocolos de investigación, estudios, análisis comparativos y producción de informes, diseño de instrumentos de registro adecuados, apoyo a actividades de investigación en curso o por realizar, diseño de metodologías de análisis situacional y diagnóstico participativo de hechos violentos con grupos de riesgo, promoción de estudios interdisciplinarios, apoyo en capacitación operativa…

Diseños de sistemas de información sobre violencias

Inventario de registro científico-técnico de recursos institucionales y humanos

Apoyo a la constitución de redes entre centros especializados

Creación de Bancos Nacionales de Datos

Apoyo a la publicación de artículos de orden científico e informativo sobre investigaciones y experiencias

Etc.

Pues bien, ¿qué es lo que se mueve a lo largo de este Plan sino es justamente la promoción del compromiso ciudadano y de los funcionarios con respecto a los objetivos generales y específicos?  El Plan, en sí mismo, constituye una propuesta de Alianza entre agentes de salud y comunidades, tendiente a conformar una estrecha colaboración en la perspectiva de la solución de un problema como el de la violencia que afecta a todos.

Los retos para cada equipo de trabajo que se conforme son demasiados y requieren de una inmensa disposición de ánimo y de espíritu para superarlos.  No podemos olvidar que en tanto se trata de un problema en el cual todos estamos concernidos, la meditación reflexiva debe conducirnos a encontrar el modo en que nosotros mismos demos cuenta de la capacidad de poner distancia con respecto del problema a sabiendas de que estamos más que concernidos, afectados por una realidad de la cual, sentirnos y representarnos inocentes, es el mejor camino para que el huracán afecte los ojos disponibles que encuentre a su paso cuando nos sorprenda con la cabeza introducida en el hueco.

Santiago de Cali, febrero 2 de 2001


* El aforismo del Derecho Romano dice: “Matter certissima, pater incertum est”.  Por supuesto se refiere a la imposibilidad de establecer la identidad del padre de una manera similar a como sí es posible establecer la de la madre que lleva a su hijo en el vientre…

* No se acometido una investigación que de cuenta de la relación entre las racionalizaciones que realizan los media y las procedencias políticas o ideológicas de los crímenes.  Una investigación así demostraría probablemente que cuando el crimen es cometido por simpatizantes de una ideología la racionalización del mismo operaría como parte integral del mismo… esto es, como parte del plan…