DEFINICIÓN DE ALGUNOS EJES TEMÁTICOS CON RESPECTO A LA GUERRA Y A LA PSICOLOGÍA DE LA MISMA
Taller de Capacitación en Derechos Humanos ESAP -Valle del Cauca
Agosto 10/2001
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PRELIMINARES |
En razón de que la discusión acerca del planteamiento aceptar la diferencia ha suscitado controversia me parece oportuno presentar mi planteamiento por escrito, al respecto de ese y de otros planteamientos que suelen aparecer cuando de considerar la psicología de la guerra se trata.
¿Psicología de la guerra? A primera vista pareciera como si la guerra nos la estuviéramos representando como un sujeto al cual fuera posible atribuirle una psique, cuya comprensión y análisis llamaríamos psicología. Pero la guerra, ¿puede ser un sujeto? No, como tampoco pueden serlo ni el hambre, ni la injusticia, ni la barbarie, ni el último grito de la moda. Sin embargo, y a pesar de todo, estas cosas tienen algo en común y es que las mismas se configuran como acontecimientos humanos, en los cuales, la subjetividad, está implicada.
De las maneras en como la subjetividad está implicada en la existencia de la guerra, es de lo que trataríamos de dar cuenta a través de la expresión psicología de la guerra.
Porque la subjetividad está implicada de muchas maneras: veamos solamente una, la que se refiere a la argumentación, que si bien es cierto, es considerada por la estrategia militar una de las tantas formas del ejercicio de la guerra, para nosotros, psicoanalistas, es ella la guerra misma. En tanto que procesos de pensamiento, de racionalidad, de interpretación y de lenguaje, la argumentación se coloca en el lugar de un supraorden, desde el cual se legitima el accionar propio y se contrarrestan los efectos del accionar del adversario.
Ahora bien, si la argumentación es la guerra misma, entonces ella misma es susceptible de ser investigada en tanto que avatar, uno de varios, de la subjetividad.
Un contenido esencial de la argumentación que se practica durante la guerra, es la insistencia en la diferencia. La argumentación se soporta en un acto de repetición sin pausa y sin freno: lo que yo ejecuto lo hago a nombre de una causa que se diferencia de la causa en la que el adversario se apoya para combatirme. No importa que uno y otro, reconozcamos, que ambos representamos los intereses de otros, otros que no son los mismos del lado de aquel que los de este. Es más, se suele considerar que la representación es de todo el conglomerado social. Mi insistencia en los secuestros, revela que apelo a un conglomerado social que postulo guía y poder del modelo social que me represento justo. Mi insistencia en las desapariciones, revela que apelo a un conglomerado social que postulo guía y poder del modelo social que me represento justo. Puede mi argumentación insistir en la denuncia de la motosierra como evidencia de la maldad de ciertos adversarios; puede mi argumentación insistir en la denuncia de las pipas de gas como evidencia de la maldad de otros adversarios: en ambos casos, la argumentación pretende insistir en que mi causa es la justa mientras que la del otro es la injusta.
Pero, como es nítidamente identificable, lo que se practica aquí es un debate entre modos iguales de argumentar. Es decir, que se argumenta del mismo modo, solo que los elementos que estructuran la semántica de las oraciones con que se presenta la argumentación, son distintos. En este caso, y pese a la brutalidad de las acciones, lo especular parece estar signando el carácter de la confrontación, sus avatares, sus desvíos, lo pulsátil de sus avances y repliegues. La brutalidad puesta en el ejercicio de los actos de la guerra, en lugar de probar el privilegio de la maldad adjudicable a uno solo de los bandos, lo que representa es la lógica de una especularidad que se practica en virtud exclusivamente de la especularidad misma.
El Otro, también, es destinatario del odio. Ser feroz en razón de la ferocidad del otro, ser ejemplarizante con los seguidores del adversario toda vez que el adversario es feroz con los seguidores del primero, no inventa nada distinto de lo que suele suceder, en una dimensión menos colectiva (si se puede decir que exista mayor/menor colectividad…) con la práctica de lo que Freud denominaba el narcicismo de las pequeñas diferencias y que, entre nosotros, suele contribuir en proporción nada despreciable a la creciente tasa de homicidios que se cometen por fuera de la confrontación formalmente admitida.
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YO ES EL OTRO |
¿Quién es ese otro que aparece cuando yo me asomo al espejo? ¿Soy yo? No. Es la imagen que yo me hago de mi mismo. Una calvicie creciente, unas arrugas irreductibles, un ceño fruncido por las obligaciones de mi día, una sonrisa presa de algún buen recuerdo, una verdad que la intimidad guardará con celo, un día más que tendrá la suerte de todos los anteriores -salvo que acontezca algo que me impida volver a asomarme al mismo espejo a la mañana del día siguiente…
¿Quién es ese otro que aparece ante mí, cuando no hay espejo? ¿Es otro? No. Es la imagen que yo hago de ese otro. Aliado o adversario en potencia, común a mis intereses o adversario, posibilidad múltiple de amor o de odio, de fraternidad o de ferocidad, de alianza o de ruptura.
Mi elección puede entonces escotomizar, dejar de ver, que el otro es efecto de la argumentación que acompaña a mi mirada. Puedo saber que le miro, pero no puedo verme mirándolo. Hay algo del orden del juego de los espejos, hay un faltante de mirada, una mirada que existe pero que no puedo ver, y que estará allí, justamente allí, produciendo efectos. Entre otros, y no el menos probable, mi rechazo feroz por el descubrimiento de la semejanza del otro conmigo. Enredado en los efectos de una mirada que existe pero que no está sujeta al control de mi voluntad, de mi consciencia, estimo razonable considerar que debo someter la perturbación que me produce el descubrimiento de la semejanza, a la exaltación, en mi argumentación, de la diferencia.
Esa mirada que existe pero que no es visible, es la mirada del Tercero al que apelo como garante del beneficio que espero derivar de exaltar la diferencia con mi semejante, es decir, con aquel que también, como yo, argumenta que él es el que representa la justicia y la razón.
En los finales de guerra, llamativamente, uno de los botines más apreciados por los ejércitos triunfantes, es precisamente aquel que se encuentra conformado por los que, con su inteligencia, incidieron en la eficacia de la guerra que pudo en un momento dado llegar a tener el adversario. Entre nosotros es difícil pensar en esto porque el final de esta guerra parece estar cada día más distante. Aunque, si nos dejamos guiar por ciertos indicadores argumentativos, resulta llamativo el hecho de que el ejército colombiano esté utilizando cada vez con más fuerza y aparente convicción, discursos que otrora combatía con la misma ferocidad: me refiero al hecho de que se acuse a los adversarios por haber abandonado sus ideales, de que se utilicen ciertos documentos de organizaciones catalogadas como de extrema izquierda, dirigidos a la dirección de la guerrilla, como pruebas de verdad. Como si en el pasado no se hubiera combatido a la guerrilla, precísamente por el tipo de ideales que representaba y no se hubiera denunciado a aquella ONG* como aliada de los guerrilleros. Como nadie ha dado la orden perentoria de no especular, podemos entonces dejar iniciado aquí un proceso de averiguación acerca de si acaso no se está confirmando un proceso de apropiación del discurso del adversario como primer botín de una guerra en la cual el adversario mismo se sabe precariamente situado con respecto a probar la manutención de esos ideales…
Pero no nos separemos del hilo que traíamos: derrotado un adversario, de inmediato los estrategas que incidieron en la eficacia de su guerra, se valorizan ante la mirada del vencedor. Los reclama y se apropia de ellos como botines de guerra y los conduce a su respectivo territorio, para que esta vez continúen haciendo lo que saben hacer pero al servicio de los vencedores.
Pensar la guerra, presa de ella, es escotomizar, dejar de ver, la siniestralidad que representa su espectáculo. Es en ese lugar escotomizado en donde se coloca el propagandista, y a donde traslada su única potencia: la de repetir que existe una diferencia. Su acto, el de repetir y repetir cuatro veces al día, todos los días del año y todos los años, tiene por destino mantener la opacidad del velo, perpetuar la ceguera, mantener a cuantos sea necesario presas de la guerra.
El hecho de que una vez en poder del bando vencedor, el criminal de guerra del adversario se convierte en valor de cambio, en joya preciada, no se explica sino por el hecho mismo de que la diferencia no existe, que esta es solamente efecto de la argumentación, que así como su condición de criminal fue efecto de la argumentación será la argumentación la que ahora le presente como objeto precioso de deseo. Von Braun, fue el mismo como científico al servicio de los nazis que como científico al servicio de la Nasa. Si escapó al juicio de Nüremberg, fue en razón de la eficacia de sus conocimientos tanto para uno como para el otro bando. Lo cual ratifica que a uno y al otro bando, les interesa lo mismo.
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EL TERCERO DE ESE OTRO QUE ES YO |
Buena parte de la ferocidad que se practica en la guerra, va destinada a un tercero, el más temido por los jefes de la guerra: el del guerrero escasamente dotado de la convicción que posee el discurso de los jefes. Cuando se ataca a la población civil se hace con el fin de atacar a las madres, los padres, los hermanos y las hermanas, de los que hacen la guerra como ejecutores de órdenes. La juventud de estos últimos, ciertamente que les hace proclives y fácilmente manipulables para lograr el objetivo de la ferocidad, pero también los revela débiles frente a los avatares del amor. Esa debilidad es contrarrestada con las escenas de horror que si no son transmitidas por los media lo serán por el rumor, pero más tarde o más temprano, llegarán a oídos de aquellos que hacen la guerra cumpliendo órdenes, y tendrá como efecto obturar todo sentimiento de piedad posible, exacerbando el sentimiento de retaliación y de venganza.
No recuerdo a quién es que le debemos la aclaración acerca de un fragmento del Himno Nacional, si a Ignacio Torres Giraldo o a Indalecio Liévano Aguirre. Se trata de un fragmento que hace parte de la leyenda de la guerra de independencia. Ese fragmento que dice “Ricaurte en San Mateo/ en átomos volando/ deber antes que vida/ con llamas escribió”. Todos deben recordar que la leyenda decía más o menos así: rodeado por tropas de españoles triunfantes, prácticamente el único sobreviviente del destacamento de patriotas que defendía una armería, Antonio Ricaurte destinó la bala de su pistola a un tonel repleto con pólvora, para de esa manera propinarle desde su adversidad, bajas al enemigo. Alguno de los dos historiadores mencionados nos revelaba que todo esto había sido una historia que se había inventado Bolívar cuando se cercioraba angustiado de la disminución en la moral de su tropa. Entonces, para efectos de elevar esa moral, Bolívar se inventó este suicidio patriótico.
De todo esto, me parece que debería quedar algo en claro y es que la noticia de un suicidio, la muerte condecorada con los ribetes del patriotismo, no hace depender sus efectos de la verdad o de la mentira de su ocurrencia. Don Rafael Núñez, llamativamente, traduce la leyenda no en el territorio de la verdad, sino en otro bien curioso: el del acontecimiento como texto. La expresión con llamas escribió nos insinúa que el velo que se atraviesa en la verdad del acontecimiento, es transparente. Se trata de una argumentación. Solamente la pasión del fanatismo, propiciaría en nosotros el depender de la necesidad de que el acontecimiento efectivamente ocurrió.
Como procuramos ponernos por fuera de esa pasión fanática, es que podemos considerar aquí, tajantemente, que todas las muertes propinadas por la elevada moral de la tropa a partir de entonces y durante ciento ochenta y pico de años, han sido por delegación de un suicidio voluntario. A partir de su suicidio, y si se ha seguido el hilo de la argumentación hasta aquí no será Perogrullo quien me respalde, Ricaurte dejó de matar. En su lugar, vendrían otros. Y otros, distintos de esos otros, terminarían tomando el símbolo de Bolívar, del mismo Bolívar al que Marx describió de una manera muy precisa cuando le pidieron que se refiriera a él para publicar su texto en alguna enciclopedia europea. Manera tan precisa como ferozmente crítica de aquello que entre nosotros se dijo siempre de Bolívar.
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LA VERDAD: PRIMERA VÍCTIMA EN LA GUERRA |
Declarada o sin declararse la guerra, la nubosidad, que se traduce en confusión, es el equivalente en las mentes de los ciudadanos, del humo que levanta toda explosión. Pero esa nubosidad no representa el gris de la ausencia de pensamiento, no es representación visual del tremor de la angustia. Todo lo contrario: tiene otro equivalente, el del ruido. Las argumentaciones de todos los que están interesados de algún modo en que la guerra suceda, se lanzan al tiempo y en el mismo espacio. Pueden diferir los medios de propagación pero nada hace suponer que los de unos sean más eficaces siempre que los de otros. La argumentación se difunde para que todo aquel que ha depositado en uno de los bandos la esperanza de poder llegar a ser, en el futuro, un sobreviviente, contribuya a que la guerra no decaiga en intensidad. La argumentación, en tal sentido, pulsa por hacer de todos nosotros, soldados.
La interrupción de toda racionalidad, cuyo ejercicio nos llevaría simplemente a preferir ser sobrevivientes pero de un país en paz, y, seguramente, a intentarlo, presta su contribución decidida a los objetivos buscados por la argumentación.
Una economía de la dialéctica configurada por la pulsión de muerte y la pulsión de vida, se instaura. Esa economía lleva a invertir toda la pulsión de vida al servicio del bando que yo escoja, y toda la pulsión de muerte contra el bando adversario. Todo aquello que haga mi bando, lo saludo. Si el bando contrario hace lo mismo, lo denuncio. Todo lo que haga mi bando, es digno de encomio, de felicitación y de condecoración. Si lo hace el bando contrario, eso prueba la maldad del mismo. Si lo hago yo, el bien germina ya; si eso mismo lo hace el otro, llega la horrible noche. Si venzo, cesa la horrible noche. Si no, la humanidad entera entre cadenas gime.
Si derroto al adversario, derroto hasta la misma muerte (oh júbilo inmortal). La promesa que hace la argumentación no es simplemente la de la supervivencia, es la de la eternidad. Instalados, júbilo mediante, en la eternidad, nos apropiamos de uno de los atributos de Dios. Solamente que Dios, más pragmático que nosotros, se vale de su omnipotencia, puesto que, sabiéndose eterno, no va a ser tan tonto como para ir a equivocarse, pues de ser así, el remordimiento le duraría por toda la eternidad. A nosotros el júbilo nos hace creer inmortales, pero no omnipotentes, entonces, presas del remordimiento como repetición, fácilmente terminamos llevando a cabo acciones que contribuyan a mantenernos instalados en ese remordimiento.
La pasión por matar no es otra cosa que la pasión por instalarse, sin posibilidades de reversa, en la vacuidad de la copa de la vida (Hamlet). Se nos olvida que, en tiempos de paz, cuando hacemos la elección de no tramitar violentamente los conflictos que podamos tener con el otro, se trata justamente de eso, de una elección. En tiempos de guerra esa elección puede cambiar, y entonces, cualquiera de nosotros sabrá que dentro de sí contiene la potencialidad para hacerlo. Millones de alemanes al unísono gritando ¡Heil Hitler! ¿Se desea una mejor prueba?
Desear nada, eso es quedar instalado en la vacuidad de la vida. Y la única manera de hacer grata la existencia a partir de esa instalación, no puede ser otra que la de perpetuar el acto que nos conduce a ello. Por eso la barbaridad genera admiración en quien se atreve apenas a dar la orden de ejercerla. Pero con su orden, con su voz baja pero firme, con su capacidad de dar órdenes capaces de eliminar cualquier equívoco en el destinatario, el ordenador del acto bárbaro encuentra el complemento que le falta para suponerse completo. Las escenas en el cine, lo revelan con especial cuidado: el ordenador imparte la orden de matar a alguien, por ejemplo, a su padre. El victimario vacila, le mira como queriendo entender que no tendrá que ser el instrumento de una acción que su valoración de las cosas le revela inimaginable. Entonces ejecuta el acto. Pero a partir de ese instante, pierde algo del respeto que el ordenador le dispensaba. Y su vida empieza a correr peligro…
Como se desea nada, no queda otro camino que perpetuar aquello que llevó a vaciar la copa de la vida. Y la relación que se establece con el victimario será entonces una relación de complemento, creadora de la ilusión de completud, de Sujeto no sujeto a la diferencia entre su pensar y su acto.
Entonces la verdad, que es precísamente aquello que nos espanta cuando se nos revela, se pierde. Y es de este modo que se dice que es la primera víctima de toda guerra. Y la primera verdad que se pierde, es la verdad de que nuestra subjetividad está constituida por el imposible de la completud, por el imposible de nuestra eternidad y por el imposible de nuestra inmortalidad.
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ACEPTAR LA DIFERENCIA |
Podemos pregonar como necesidad para lograr la convivencia, la aceptación de la diferencia, sí, pero ¿de cuál diferencia?
Si nos proponemos ser absolutamente coherentes en todo, lo más probable es que nuestro destino nos sitúe allí, en la vacuidad de la vida. Si existe algo más coherente que un cadáver, le pediría el favor a alguien que me lo dijera. Esa correlación precisa entre el silencio y la putrefacción, los ojos abiertos y la mirada perdida, la rigidez cadavérica y la garganta y la boca secas, ¿qué si no es la coherencia absoluta, lo que estamos aquí significando? Y muertos en vida son quienes se han instalado en la vacuidad de la misma, en su vacío, en esas interminables noches en las cuales acuden a su mente los recuerdos de las últimas miradas, de las últimas palabras de sus víctimas, todo eso resistente al licor, a la droga y al grito desesperado. Esa imposibilidad de serenarse al observar que la misma mano que quiere acariciar un cuerpo fue la que haló del gatillo, empuñó el arma, encendió la motosierra o activó la pipa de gas. Todo por buscar instalar la coherencia.
Si de aceptar una diferencia se trata es, en primer lugar, aquella que nos humaniza, tanto en el sentido de que nos saca del orden de los homínidos, como en el sentido de buscar la forma de atemperar el atavismo que se conserva en nuestra evolución, por una parte, como los efectos de una racionalidad que llegó justamente allí, al lugar del que quería sacar a la humanidad. Porque no se si ustedes sepan que el nombre en clave con que los estrategas del ejército norteamericano denominaban a la bomba atómica que días después sería lanzada sobre un país que ya estaba derrotado militarmente, era DIOS. Y si algún objeto prueba la siniestralidad a la que puede conducir la razón instrumental ha sido el que destrozó palmo a palmo a Hiroshima y Nagasaki, dos ciudades pertenecientes a ese país que ya estaba militarmente derrotado. Pero existe una prueba más reciente y que obedece también a esa razón: la de que resulta más práctico propiciar heridos en el adversario que muertos. Antes las guerras dependían más del coraje de los combatientes que de la financiación de los mismos. Entonces se hablaba de valores: el heroísmo, el coraje, la gallardía y el honor. De un tiempo para acá estos valores desaparecen y en su lugar se instala el único valor posible para el capitalismo: el dinero. Hoy en día las guerras se ganan hundiendo a los adversarios en la pobreza. Y si al adversario se le propinan más muertos que heridos, pues un tractor y cuatro esclavos se encargan de enterrarlos en la fosa común. A lo sumo el costo de la gasolina y de las medallas para los familiares. Pero cuando al adversario se le propinan más heridos que muertos, entonces el adversario se verá forzado a gastar todo el dinero que sea necesario para producir la recuperación de su salud. O a no gastarlo, y en este caso, la obediencia debida se verá resquebrajada.
Negarnos a aceptar la diferencia que nos constituye como humanos, nos coloca en el lugar de un Dios semejante a aquel que por no tolerar los avatares en la humanidad de su creación, enviaría el agua, la peste o el fuego como formas de ejercer el castigo.
Tomar partido, pues, en una guerra en la cual los adversarios coinciden en luchar por copar el territorio de la ilegalidad como preámbulo de una legitimidad que aspiran ejercer especularmente con la que desean derrotar, no significa instalarnos en el ejercicio de la aceptación de la diferencia como sí opacar aun más el velo que nos impide descubrir la tentación permanente, el automatismo
que nos conduce a quedar atrapados por el guiño seductor que nos hace la muerte.
Porque la muerte no es solo partida sino orgasmo. Petite Mort, denominan los franceses al orgasmo. La vacuidad de deseo posterior a este, representa lo que en el fondo nos negamos a reconocer: que en últimas, el deseo que nos constituye, es el deseo de nada. El vacío.
Unos queremos optar porque este advenga fruto de la enfermedad y del envejecimiento, pero por sobre todo, del orgasmo. Otros desean instalarlo en sus vidas como única manera de sentirse vivos, sin importarles perder sus orgasmos. Los primeros queremos hacer de nuestra decisión de no matar (ni vivar las matanzas) una elección, no un acto de cobardía. Los otros desean hacer de su decisión de matar (o de vivar las matanzas) una elección, no un acto de cobardía.
Ambos coincidimos en declarar indeseable a la cobardía.
¿Por qué no suspender por un momento el accionar del gatillo y subrogados para observar si acaso, no estará mascullándose de nuevo el uso del nombre de Dios como palabra clave en algún lugar de este planeta, mientras se ejerce la ferocidad propiciada por la unanimidad del amor por la muerte?
Por lo pronto, ciertos ángeles exterminadores se nos presentan con los nombres ya no de San Gabriel ni de San Miguel arcángeles, sino de glifosato, black hawack o Plan Colombia. No vaya y sean miembros de la nueva versión de los tronos, las potestades, los querubines y los serafines, esta vez blandiendo en lugar de espadas flamígeras, rociadores aéreos que vuelven desierto la tierra donde se siembran los productos que los ciudadanos de ese lugar del planeta usan para tratar de inventarse sus particulares nirvanas.
Ellos también escotomizan en sus trabas primermundistas, el hecho de que su embriaguez proviene de la muerte que sus autoridades cosechan después de haber sido sembrados los surcos por otros enamorados de la muerte. Si pudiéramos ser por un momento uno de los duendecillos cartesianos, tal vez veríamos que estos últimos treinta años en Colombia, ubicados en los millones de años que lleva la humanidad practicando el deseo de escapar de la realidad de sus días a través del consumo de toda clase de sustancias, representan las patadas de ahogado de un sistema que, omnipotentemente, puso a Dios a su servicio. Los productos químicos con que envenenan la tierra, el éter y el glifosato, son los hermanos menores de esa hermana mayor que ya mostró su capacidad letal habiendo sido nominada DIOS por sus creadores. Hoy el diablo no hace hostias artesanalmente porque ya ha sido capaz de industrializar su producción, como el psiquiatra que castigó a Sade volviendo industrial la producción de sus libros luego de matarle. Y fuerza por hacérnoslas tragar, empleando la argumentación como herramienta. Nos hace creer que sus hijos son distintos, cuando en verdad son siameses. Negarnos a descubrir que están unidos por su cráneo y su cerebro, es instalarnos en la ilusión de una diferencia imposible.
Dios, el verdadero Dios, el inconsciente…

