APUNTES INTRODUCTORIOS A UNA REFLEXION ACERCA DE LA VIOLENCIA EN COLOMBIA
I. AGRADECIMIENTOS
Quisiera aprovechar esta ocasión para reflexionar en voz alta con respecto a la inscripción de nuestra experiencia alrededor de la pregunta que titula esta ponencia, no sin antes agradecer a la doctora Leonor Sandoval y a los organizadores de este encuentro la invitación que gentilmente me hicieron para presentar a ustedes, hoy, esta ponencia. Espero cumplir con sus expectativas en lo posible.
Nuestra experiencia, se irá demostrando poco a poco, no tiene misterio alguno ni pretende ir más allá de lo que puedan ofrecer como resultados la creación de espacios-soporte y circulación de la palabra como forma de dar trámite al efecto de lo que es inefable en un primer momento.
Pretenciosamente la denominamos “modelo” por cuanto Colciencias exigía que se tratara de algo así como un modelo que pudiera replicarse en el resto del país, exigencia que, puede colegirse sin dificultad, subestima de entrada las diversidades culturales que hacen parte del territorio y, lo que es más grave, se pone a tono con una de las maneras de actuar que tiende a perpetuarse entre nosotros cual es la de negar deliberadamente las diferencias y proceder a imponer un modelo en cada una de las culturas.
Nosotros fuimos llamados a realizar una experiencia de atención psicosocial en una población del norte del Valle, el municipio de Trujillo, en donde diez años antes de nuestro trabajo había ocurrido una masacre que había forzado la presencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos. Esta presencia no fue automáticamente producida por la masacre en sí, sino fundamentalmente por la labor de una organización, JUSTICIA Y PAZ que, liderada por un sacerdote organizó a los familiares de las víctimas y produjo un censo de ellos y de sus testimonios, que fue el documento enviado a la OEA, la cual a su vez envió la comisión que se encargaría de calificar jurídicamente los acontecimientos y producir un documento en el cual acusaba directamente al Estado colombiano como directo responsable por acción, por complicidad y por omisión deliberada, de lo sucedido.
Recordarán algunos que se presentó un hecho realmente sorprendente en la historia de los derechos humanos en nuestro país y fue que el presidente de la república de aquel entonces, el Dr. Ernesto Samper Pizano, reconoció la responsabilidad del Estado. Es sorprendente que el Estado, en Colombia, suela reconocer de tal modo responsabilidades distintas a refinanciar la banca, pero, por otra parte, asediado por las denuncias respecto de la filtración de dineros calientes en su campaña para la presidencia, el acto tuvo los ribetes de un intento por granjearse las simpatías nacionales e internacionales de quienes suelen interpretar estos actos como eventos susceptibles de significar alguna trascendencia.
Diez años después, el Instituto de Derechos Humanos “Guillermo Cano” de la Escuela Superior de Administración Pública de Bogotá, la Corporación Humanizar (una ONG especializada en atención humanitaria con perspectiva de género radicada en Bogotá), presentaron a Colciencias un proyecto que denominaron RESCATE SIMBÓLICO DE OPCIÓN DE VIDA PARA LA POBLACIÓN DE TRUJILLO, VALLE, comprometiéndose a dar testimonio escrito de la experiencia y a presentar un MODELO DE ATENCIÓN PSICOSOCIAL PARA POBLACIONES AFECTADAS POR LA GUERRA.. En lo correspondiente a la última exigencia, dos psicoanalistas de la ciudad de Cali, Rodrigo Solís Villa y quien les habla, fuimos invitados a presentar un plan de trabajo que tuviera por cometido final la propuesta a manera de MODELO.
Debo expresar que la atención psicosocial estaba contenida dentro de un Proyecto que atendía simultáneamente los siguientes campos:
- Proyecto Etico
- Proyecto Pedagógico
- Proyecto Productivo
- Proyecto de Atención Psicosocial.
El proyecto, en general, tuvo una duración de un año, comenzando en Enero de 1999 con los tres primeros y a partir de abril hasta diciembre simultáneamente con el cuarto. Desde un principio se entendió que el Proyecto debía trabajar no solamente con los familiares de las víctimas y, en tanto que la Escuela Superior de Administración Pública es la responsable por la formación de los funcionarios públicos de todo el país, se incluyó dentro de la población objeto del acompañamiento, a los funcionarios públicos del municipio, incluido el alcalde y sus secretarios y a los líderes y representantes de organizaciones comunitarias.
El Proyecto Etico se refería a trabajar con la población talleres en los cuales se planteara el tema de la ética como central en la vida cotidiana del municipio. El tema atravesaba la vida de relación, las responsabilidades y los derechos, la ética de la administración pública, la promoción de la tolerancia con respecto de las ideas y de los estilos de vida diferentes, la insistencia en que la definición de los medios de acción para sacar adelante un propósito está inextricablemente unida a la justeza del propósito (es decir: que el fin NO justifica los medios).
El Proyecto Pedagógico cifró su atención en las comunidades académicas, tanto públicas como privadas del Municipio, atendiendo simultáneamente a profesores y profesoras, alumnos y alumnas, padres y madres de familia y personal administrativo, así como también a los funcionarios de la Secretaría de Educación Municipal. El Proyecto Pedagógico se valió de una circunstancia que encontraron sus gestores al momento de estudiar la situación pedagógica de las entidades: ellos encontraron que los cada colegio y cada escuela contaba con el respectivo Proyecto Educativo Institucional exigido por la Ley; pero cuando averiguaron por la forma en que cada institución se había hecho al suyo, descubrieron que lo habían comprado. En Medellín existía una especie de fábrica de ‘peis’ y era esta la que les había abastecido del documento a presentar al Ministerio. Con esto, claro está, se volvía espúrea una de las intenciones centrales del Proyecto Educativo Institucional, cual es la de promover la participación de toda la comunidad académica. Habiendo pues llegado con una intención presupuestada, esa realidad fue leída por los colegas del Proyecto como oportunidad, esto es, que el proyecto pedagógico del Rescate Simbólico, asumiría la construcción del PEI de cada institución a lo largo del año, encargándose el Proyecto de realizar toda la serie de actividades necesarias para que el mismo surgiera de la verdadera participación de la comunidad educativa.
El Proyecto Productivo se propuso dinamizar la existencia de iniciativas ciudadanas tendientes a la creación de empresas, a través de la formación de sus gestores en las actividades propias de la producción, la administración y el mercadeo de productos. Uno de los resultados de esta intervención fue la organización de un colectivo de jóvenes a quienes la alcadía debía entregar en comodato una granja en la cual ellos pondrían en marcha la producción de cultivos orgánicos que entonces denominaban limpios, término este último que llegó a molestar bastante a aquellos cultivadores tradicionales quienes comenzaron a preguntarse si entonces sus productos deberían denominarse suicios.
Finalmente, nuestro Proyecto de Atención Psicosocial.
Repito: a la totalidad del proyecto se le denominó RESCATE SIMBÓLICO DE OPCIÓN DE VIDA PARA LA POBLACIÓN DE TRUJILLO, VALLE.
II. CREACIÓN DE ESPACIOS-SOPORTE Y RELATO DE SUEÑOS
Conocida como “la masacre de Trujillo”, esta ocurrió entre los años 1987 y 1992, en las veredas Sonora y Playa Alta, a unos 20 Kms de la cabecera municipal, dejando un siniestro saldo de más de 150 víctimas, muchas de ellas descuartizadas con motosierra y quemadas con soplete, dejando en la postración a similar número de familias y prácticamente a toda una población que con este acontecimiento pasó a refrendar el nombre de pueblo violento, y aunque presa de los efectos del terror y de la parálisis también dispuesta a intentar sacudirse de la reducción de su identidad a los límites de lo acontecido.
Nuestra primera tarea fue, diez años después, establecer qué era lo que no había sído dicho por los pobladores en los relatos que fueron tomados por quienes nos antecedieron en las intervenciones. Creímos que la pertinencia de nuestra intervención construiría la significación necesaria para explicar las condiciones en las cuales se había propiciado eso que no era dicho. Suspender juicios de nuestra parte, conservar la neutralidad frente a lo escuchado y la disposición permanente a leer en nosotros mismos los efectos del encuentro, hicieron las veces de brújula conductora de nuestro proceder.
A este respecto cabe precisar que interpretar los relatos con el objetivo exclusivo de listar los efectos psicológicos del terror sería una manera de contribuir a mantener a los afectados reducidos a la condición de víctimas: también las intervenciones profesionales pueden contribuir a legitimar estados de los cuales no puede esperarse menos que lo que suele ocurrir en estos casos y que es abonar el camino para la aparición de redentores dipuestos a utilizar los diagnósticos con propósitos meramente instrumentales para consolidar los beneficios derivados del ejercicio de su representación.
Lo anterior implicaba apartarse de una concepción que se representa la imagen de un oprimido o de un inocente, víctima absoluta del acontecimiento que lo afecta y sin ninguna relación con la opresión. Lo cual conduce a representarnos a las poblaciones afectadas por la guerra, como meros espectadores pasivos de su propio estado, desconociendo el que para muchos constituye el “verdadero y perverso mecanismo de base gracias al cual la víctima, al percibir su propia realidad como ‘necesaria’, comparte con su verdugo la misma visión del mundo’” (Benasayag y Charlton, 1992).
Una pregunta insistente todo el tiempo era esta: ¿por qué fueron eficaces los victimarios? Sabemos que en la mayoría de conflictos armados que ocurren en el mundo la mayor parte de los afectados (más de un 90%) son civiles. Pero, simultáneamente sabemos también que “las dependencias que unen a los individuos entre sí no se limitan a aquellas de las que tengan experiencia o conciencia” (y que) “las situaciones de interacción y las redes de relaciones son todos los días articuladas a determinaciones lejanas e invisibles que a la vez las vuelven posibles y las estructuran” (Darío Betancourt, 1998).
Sabemos que gran parte de las llamadas intervenciones psicosociales, al destinar sus acciones al propósito de restablecer el llamado tejido social, suelen escamotear el análisis del modo como ese tejido social mismo contribuyó a la eficacia que los victimarios tuvieron al momento de cometer su masacre. Esto implica entonces ir un paso más allá de solamente pesquisar los efectos de las masacres sobre los individuos y establecer el modo como estos se articulan en la ocurrencia de la misma.
Asumir entonces la investigación acerca de aquello que no ha sido dicho a través de lo que sí es dicho, implica hacernos al propósito de establecer las contribuciones de la subjetividad de los pobladores a la ocurrencia de la masacre y a la eficacia de su siniestralidad. En lugar de afanes diagnósticos que trasladan el proceder con lo individual al campo de lo colectivo, haciendo a la población cumplir las veces de representante de lo individual, nuestro afán era disponer nuestra escucha, a través de la construcción de un espacio-soporte, para conocer los rasgos que identificaran la vida de relación de la población en consonancia con las determinaciones lejanas e invisibles; las contribuciones desde la subjetividad a la aprobación o desaprobación del uso de la violencia como forma de tramitar conflictos sociales, familiares y personales; la tendencia a instalarse en racionalizaciones de complacencia con el malestar en la perspectiva de relegitimar representaciones de redentores oferentes perpetuos de salvación; las dificultades para reinstalarse en la existencia con la capacidad de ponerse a distancia con respecto de lo acontecido y en el propósito de impedir su repetición; la actitud dubitativa con respecto a los beneficios derivados de coagular la identidad en la condición de víctimas y el malestar concomitante con un trato recibido en virtud de tales.
Se crean, entonces, espacios-soporte con un fin: el de propiciar narraciones que den cuenta de la subjetividad de los pobladores con el doble propósito de alivio y, al mismo tiempo, disposición para superar la queja y pasar al tiempo de la elaboración de lo sucedido y de sus efectos en cada uno.
Nosotros diseñamos el comienzo de nuestra intervención ya en el terreno, realizando consulta abierta con pobladores que desearan hacerlo y, simultáneamente, dos talleres, uno con familiares de las víctimas, otro con un grupo juvenil que había surgido como resultado de intervenciones que nos antecedieron.
Por medio de la consulta abierta pudimos establecer algunos elementos que ya habían sido precisados por otros investigadores en lo que corresponde a los municipios del norte del Valle del Cauca (Betancourt, Ateortúa…):
- La preeminecia de relaciones circunscritas al estrecho marco de lo familiar y la escasa disposición para participar en actividades comunitarias. Una idealización de la familia con una denigración absoluta de lo social, de lo público.
- Las afectaciones predominantes que involucraban la vida de relación, contaban con una subjetividad dispuesta a adjudicar las causas a lo inevitable de la traición a la amistad, el engaño en el amor y la defraudación con respecto de la generosidad y de la solidaridad para con otros.
- La preeminencia de familiar cuyo jefe de hogar era la mujer, presentando la ausencia de compañero mediante la racionalización de su ausencia en tanto que de esta se derivaban beneficios que se perderían con su presencia.
- Los patrones de crianza de los hijos varones se correspondían con un discursos permanentemente denigrador de la condición del varón como compañero.
- Alto grado de desconfianza con respecto de la eficacia de los propios esfuerzos en relación a la superación de obstáculos impuestos por la realidad.
- Desconfianza hacia las intervenciones que habían sido realizadas durante los diez años siguientes a la ocurrencia de la masacre.
- Denuncia de los maltratos recibidos al tiempo que testimonio de ejercicio del maltrato en el ámbito doméstico.
- Temor y profunda desconfianza a relatar lo ocurrido con familiares muertos y desaparecidos durante la masacre por considerar que los promotores de la misma continuaban haciendo presencia en la población y podrían ejercer retaliación contra quienes relataran algo.
- Repetición diez años después de pesadillas y sueños cuyos contenidos manifiestos presentaban al asesinado o al desaparecido reprochando a los sonantes actitudes de estos mantenidas en vida de aquellos.
- Insistencia en las calidades personales y cívicas de algunos de los asesinados con los cuales algunos de los sobrevivientes guardaban relaciones de cooperación, de amistad y de ayuda mutua.
- Tramitación de la rabia a través del rumor cuando no desplazada a la configuración de imperativos de comportamiento tendientes a proteger la vida mediante el silencio.
La segunda actividad fueron los talleres mencionados. El taller consiste en incitar a la participación de cada uno de los asistentes mediante el la entrega de su nombre y de un sueño que recuerde haber tenido alguna vez. Cada cual da de sí, de entrada, dos cosas propias y, para decirlo en términos corrientes, personales. No se trata de contar solamente sueños relacionados con el acontecimiento de la masacre, sino un sueño, cualquiera qué este haya sido. El grupo deliberante se constituye en receptor de todos los relatos y en tal sentido le denominamos espacio-soporte, pues la incitación incluye el que el grupo puede participar de diversos modos con respecto del relato de cada cual.
Nuestra escucha, en ese momento, procura establecer las características de lo relatado, los momentos en que el relato no es fluido, la decisión o indecisión para presentarlo, las soluciones de continuidad, los cortes, los cambios de tema, la actitud con la cual el grupo recibe la comunicación y el grado de confianza o desconfianza que suscite en el relator la actitud del grupo. Nosotros no realizamos interpretaciones de lo que no son más que contenidos manifiestos dispuestos en una actividad grupal de comienzo.
III.¿DE DONDE VENIMOS?
Venimos de considerar la pertinencia de emplear el psicoanálisis como discurso que abre posibilidades de ampliar la comprensión de un problema cultural, social, a sabiendas de que, como sostiene el sociólogo N. Elías, “las dependencias que unen a los individuos entre sí no se limitan a las que puedan tener experiencia y conciencia y las situaciones de interacción y las redes de relaciones son todos los días articuladas a determinaciones lejanas e invisibles que a la vez las vuelven posibles y las estructuran.”1
Debemos precisar que la lejanía y la invisibilidad de las determinaciones que posibilitan y estructuran, más allá del límite de la experiencia y de la conciencia, las dependencias que unen a los individuos, las situaciones de interacción y las redes de relaciones, no se refieren a la ocupación de un espacio inaccesible a la vista por la distancia en que se encuentra situado. Se refiere más bien a lo distantes que puede ser el inconsciente a una mirada que se plantea el campo de los objetos que investiga en los límites de aquello que es cercano y visible.
De allí, venimos, pues. De comprender que para estudiar la cultura y su malestar, la civilización y sus descontentos, es preciso reconocer que luego del descubrimiento del inconsciente – específicamente, el inconsciente freudiano – las ciencias sociales positivas revelaban contar con un límite a sus propósitos de comprensión absoluta de los fenómenos sociales, límite que descubrían no por las inconsistencias de su propia experiencia, sino porque otro saber había surgido y había conducido al Yo-conciencia, al Yo del “(yo)…pienso, luego existo”, al lugar de la impotencia.
La impotencia revelada cuando trata de impedir la emergencia de otro saber, extraño a la conciencia, pero verdadero para el Otro como público, entresacado, inferido, a partir de los fracasos de ese Yo para ordenar las palabras, para impedir los olvidos, para sortear los trastabamientos, para banalizar los sueños, los chistes y los destinos no anatómicos ni prescriptivos de las pulsiones relacionadas con los dos principios del acontecer psíquico, el principio de realidad y el principio del placer y hasta más allá del principio del placer…
A dicha comprensión no pudo habernos llevado sino el haber sometido nuestra práctica clínica vivida durante nuestra formación, a un estudio que iría más allá del que académicamente debíamos realizar en la carrera y que nos colocaba en un diván a repetir la misma pregunta que todo analizante de un modo u otro llega un día a hacerse, y que de algún modo fue el trazo representativo de la investigación freudiana. La pregunta es por qué los seres humanos, buscando la felicidad, allí donde creemos encontrarla nos topamos con el sufrimiento.
Si nuestra práctica profesional clínica nos revelaba la intensificación de demandas de consulta solicitadas para efectos de obtener alivio en un sufrimiento que iba desde la anomia y la parálisis emocionales y de comportamiento, hasta la dispersión de una realidad que estallaba como un espejo roto, también la aproximación social a la misma, por la vía de las disciplinas de la salud pública aplicadas al campo de la denominada salud mental nos colocaba en una situación desde la cual aspirábamos a propender por el alivio allí donde el malestar subjetivo carecía de recursos propios de superación, y a propender por la prevención de las llamadas enfermedades mentales por la vía de atender a tiempo los signos trazadores de pronóstico detectados precozmente por nosotros.
Simultáneamente el inicio y la continuación de nuestro análisis personal nos fue conduciendo a reconocer la imposibilidad de toda certidumbre acerca de la verdadera incidencia de nuestro actuar. Podríamos decir que nuestra experiencia de análisis nos forzó a descubrir que eran muchas más las preguntas que se ocultaban tras la apariencia de respuestas que nuestra formación académica nos daba.
Y, hay que subrayarlo, el forzamiento provino del cumplimiento de una ética, la del psicoanálisis, que no es una ética definida por la moral y las prescripciones para realizar el Supremo Bien, sino que es, ante todo, una ética de la verdad. Podemos decir que si existe un personaje que pueda representar un buen psicoanalista, este aparece en la literatura, y particularmente en la literatura infantil: se trata de aquel cuento, EL TRAJE DEL REY, en el que un Rey es convencido por los sastres que han hecho el simulacro de confección de un vestido tan especial como debe ser un traje para un rey (solamente el simulacro porque en realidad no han confeccionado nada o, digámoslo exactamente, han confeccionado nada), de que en realidad sí le han confeccionado ese vestido. El rey entonces se muestra abrumado por “la calidad del vestido” y decide salir en desfile por todo el pueblo que, igualmente abrumado como está el rey aplaude y comenta lo bello y lo fastuoso del vestido… todo hasta que un niño, justamente un niño, grita ¡EL REY ESTÁ DESNUDO! y … se rompe aquel encantamiento especular que allí se ha desplegado. Pero atención: el buen psicoanalista sería el niño que mira, el niño que mira y descubre que su mirada no le conduce a la conclusión de los demás y luego hace un señalamiento acorde con su propio descubrimiento que los demás, seguramente, no compartirán, censurarán y obligarán al silencio. Este niño es cómplice de los sastres aunque no sea a gusto de estos, pues ellos han cobrado por revelar que hasta el más poderoso de un reino es presa de un espejismo proveniente de la forma de mirar la realidad que, valga decirlo, lo cobija. Y que si es más poderoso que otros, no lo es porque posea mayor cantidad de virtudes, sino porque es aquel a quien le va mejor el simulacro de traje, porque es aquel de todos los que han decidido no ver la verdad quien mejor realiza el deseo de andar con la verdad vestida.
Consideremos que en Colombia el palo no está para cucharas y digamos que podemos a lo sumo atrevernos a aceptar que no siempre vemos lo que los demás ven y que lo que vemos no nos conduce a las conclusiones que los demás nos presentan. Hasta ahí, por lo pronto, es suficiente, pues nuestro rey no está desnudo, sino, acaso, tan perfectamente cubierto por traje blindado y lentes polarizados que gritar ¡ESTÁ DESNUDO!
No son pues lejanas e invisibles las determinaciones que estructuran las relaciones de los hombres en el sentido de que estén colocadas a distancia y su invisibilidad se deba a la misma. Todo lo contrario, justamente por estar allí, ante nuestros ojos, reveladas a la manera de un exceso, cargadas con una gran dosis de obviedad, por lo que resultan “lejanas” e “invisibles”. Es decir, que cuando abordamos el estudio de un problema, convencidos de que vamos con el ropaje adecuado, el mejor, el más fino, la ostentación que adjudicamos a nuestro traje, nos impide ir más allá de las respuestas dadas y sabidas y acceder a un estado en el que nos veremos inevitablemente forzados a realizar una elección.
Un abordaje de la realidad de la violencia en nuestro país, como si se tratase de un fenómeno de salud mental, circunscrito a la observación, clasificación y análisis propio de un estudio estrictamente ligado al comportamiento y a la emocionalidad de los individuos, nos llevaría directamente a un estado en el cual nosotros nos constituiríamos en portadores de una verdad revelada, capaces de describir con precisión académica la realidad de la violencia, escribanos constreñidos a constatar la verosimilitud de los diagnósticos ya existentes y, finalmente, responsables por llevar a los afectados una consciencia de la que estos carecería toda vez que ellos no saben que están enfermos de eso que nosotros denominamos enfermedad.
Otro saber, pues, extraño a la conciencia de salubristas de la mente, tuvimos que reconocer para efectos de comprender aquello que no tanto fuera que escapara a nuestra comprensión sino que se reproducía exactamente, como un calco de nuestra concepción. Para nosotros, el Rey no estaba desnudo…
Venimos de una generación que, quizás sí quizás quién sabe, a diferencia de las actuales, tuvo en la posibilidad de soñar en un mundo mejor elecciones desgarradoras, algunas de las cuales se han mantenido en el orden de sus consecuencias al tiempo que otras fueron cómica o trágicamente malogradas. Si 1971 es para nosotros un punto de referencia lo es tanto por las equivocaciones como por los aciertos que en aquel entonces condujeron a muchos a delinquir contra la tendencia a confundir la vida con la supervivencia y la palabra con la habladuría. Una generación que ha tenido la oportunidad de descubrir que también el camino de la utopía puede ser el camino del extravío en las neurosis colectivas laicas o el de la exigencia a trasegar acompañados por la exigencia a reconocer lo conflictivo como constituyente primario de la madurez y de las posibilidades reales para combatir los efectos de la pasión por la muerte, provenientes tanto de las acciones sacrificiales por la obtención de la libertad como de las contrarreacciones organizadas por impedirla.
Y venimos, finalmente, del final, maravilloso por estar cargado de posibilidades electivas, de un intento que se representó a través de confundir la liberación de las cadenas de la esclavitud, con la organización de una nueva burocracia que mientras mantenía una promesa se encargaba ella misma de impedir su cumplimiento, aunque, mientras tanto y porque pudo proponérselo, logró soluciones reales a problemas básicos de los pueblos, después de lo cual resultará muy difícil que algunos esperen una renuncia resignada de estos después de perder conquistas fundamentales.
IV.¿DÓNDE ESTAMOS?
En este momento estamos en la subjetividad. Lo que hago es un relato, apresurado, es cierto, pero relato que me revela ante ustedes sujeto. Relato en el cual algo insiste en repetirse, en el orden de lo dicho y en el orden de lo callado. Porque también venimos de observar cómo un país ha sido capaz de hallar un presente al que fue conducido, entre otras cosas, por unos dirigentes educados en un modo de concebir las relaciones sociales como portadoras de los efectos de los discursos opositores a esa concepción y, por tanto, portadoras de soluciones consistentes en la eliminación física de aquellos a quienes acusaba de alterar el curso establecido para esas relaciones sociales.
Y venimos de observar que el fracaso en la búsqueda de modificar tal estado de cosas, no solamente se ha debido a la eficacia y ferocidad de quienes eliminan físicamente a esos adversarios, sino también que tal vez dicha búsqueda ha terminado por asimilarse a un simulacro de cambio en el que cada fracaso resuena como demostrando la imposibilidad verdadera de obtener cambios.
Estamos en este momento cargados con una gran cantidad de estudios que nos explican el porqué de la violencia entre los colombiano, el porqué del conflicto armado, el porqué de la muerte violenta como epidemia… No denominaremos a esto ni sobrecarga de diagnósticos ni sobrediagnóstico y quizás sea mejor considerar que todo este tiempo hemos estado estudiando una realidad cuya complejidad nos obliga a eliminar la consideración de sobrecarga en los estudios.
Cualitativamente quizás ninguna disciplina se ha revelado como no concernida por el peso que ejerce la violencia sobre la definición de sus contenidos. Filósofos, antropólogos, lingüistas, psicólogos, médicos, psicoanalistas, economistas, sociólogos, pedagogos, administradores, en fin, toda una gran variedad de disciplinas han tenido que incorporar a sus contenidos de estudio, de un modo o de otro, propuestas de reflexión organizada acerca del tema al tiempo que profesionales de esas diferentes disciplinas, procuran abastecer a la realidad con propuestas tendientes no diríamos tanto a reducir la incidencia de la violencia como si a propiciar alivio en sus afectados.
En lo que concierne a los psicoanalistas, las perspectivas de estudio son variadas también y las mismas van desde las meditaciones reflexivas acerca de la violencia como un signo del malestar en la cultura, hasta su representación puntual, en casos individuales o de grupo.
Pero tanto unas como las otras se mantienen implícita o explícitamente en la idea de establecer un por qué de la violencia, un por qué de los violentos y un por qué de su agravamiento. Esto repetimos, no lo señalamos como una crítica a esos estudios, por el contrario, sin ellos es imposible establecer una brújula necesaria que nos guíe en la perspectiva de establecer nuevas posibilidades, toda vez que una realidad estudiada pasa a ser otra realidad en la medida en que de la misma pasan a hacer parte lo que se diga acerca de ella. Hoy en día, para poner un ejemplo, no podemos considerar un problema como el de las toxicomanías, ignorando que de su realidad han pasado a hacer parte todos los estudios realizados acerca de las mismas.
No habiendo sido total y acabada nuestra revisión bibliográfica al respecto del decir acerca de la violencia en Colombia, de todas maneras consideramos que era necesario dejar a otros la continuación de los estudios acerca del por qué los violentos son violentos y pasar a preguntarnos más bien por qué suelen ser, hasta la atrocidad, siempre eficaces. Creemos que la facilidad con que prenden en nosotros, miembros de la población, términos tales como “población civil inocente” y “población que nada tiene qué ver con el conflicto”, deberíamos asumirla como un hecho presente en la realidad de la violencia, y que representa a la vez que una imploración contra los guerreros una comprobación repetida de su ineficacia para impedir la consumación de los ataques.
Y, sin embargo, a pesar de ello, a pesar de significar una imploración hasta ahora ineficaz, y cuyo tono de desesperación alude al poder no hacer nada de un Estado gobernado por quienes siempre simulan hacerlo todo, no obstante se trata de una declaración que no cesa de repetirse, que no cesa de enarbolarse y que no cesa de asistir a su propia ineficacia.
En este punto, pues, estamos. En considerar que un aspecto fundamental a explorar en la búsqueda de la comprensión acerca de la violencia en nuestro país para conseguir hacer real la posibilidad de combatir, sin ilusiones, la guerra, lo constituye la REPETICIÓN de una forma de presentarse los afectados ante los guerreros, que invocada como intento por disuadirlos de sus acciones, no ha logrado tal propósito y, por el contrario, como todo parece estarlo revelando, no ha logrado impedir que las atrocidades cometidas se vayan acercando más a la condición de inefables, es decir, a aquellos acontecimientos para los cuales ningún idioma contiene la palabra o las palabras capaces de aproximarse a una explicación acerca de los mismos.
Un paréntesis a este respecto. Lo sucedido la semana pasada cuando una mujer fue asesinada por el dispositivo técnico de un terror capaz de toda la sangre fría necesaria para llevar a cabo tal villanía. Una contribución que podríamos hacer todas las disciplinas, sería la de acordar denominar tal crimen, como “crimen de lesa humanidad” y poner bajo control la propensión a repletar explosivamente de significantes lo sucedido. Ciertamente que tal denominación no pertenece a otra disciplina distinta que el Derecho, pero nuestro llamado apunta a que cediendo en el afán por demostrar desde cuál disciplina se logra la mejor aproximación a lo sucedido, se obtiene una unanimidad que introduciría una forma nueva de reaccionar desde el conocimiento, entre otras cosas, para saciar la sed de explosión de opiniones de unos medios que cada vez se revelan tanto más ajenos a la realidad cuanto más insisten en banalizar la tragedia…
Continuemos. Un aspecto de la realidad de la violencia en Colombia, como es la repetición de los pobladores de su inocencia, de su nada tenemos qué ver, se posibilita desde algún lugar de esas determinaciones “lejanas e invisibles” que comandan las relaciones con los demás. En tal sentido, nuestra presentación se referirá a otros elementos de esa realidad como son las propuestas de intervención psicosocial destinadas a comprender la realidad de la guerra como una realidad compuesta por afectados y como una realidad superable solo mediante la tan mencionada reconstrucción del tejido social.
V. DELIBERACIÓN ACERCA DE LAS MASAS
Si el poema de Bertold Brecht goza de tantas simpatías entre todos aquellos que combaten pacíficamente la guerra, creemos que ellas se deben al hecho del retrato que configura. Primero vinieron por fulano, pero como yo no era lo que era fulano, entonces no me preocupé; después vinieron por mengano, pero como yo no era lo que era mengano, entonces yo no me preocupé… y así, hasta que vinieron por mi, y ya era demasiado tarde.
¿Qué está descrito aquí sino un proceso evolutivo de un espectador que va desde la indiferencia hasta la impotencia, pero manteniéndose siempre como espectador?
Quizás sea esa la forma dominante hoy del ciudadano2. Que mientras más se consolida en la posición de espectador, menos se interesa por buscar las pistas de nuevas figuras de la práctica de la libertad, entre otras, las pistas que hagan eficaz su oposición a aquello que amenaza con aniquilarlo. Siendo que la democracia cada vez se apoya más en lo espectacular, ello da lugar a que la opinión tienda a predominar escénicamente por sobre la argumentación y la demostración. Es de esperarse la progresiva desaparición del llamado pensamiento crítico, en beneficio de la también progresiva consolidación del sentido común, esta vez abastecido por un discurso que, como el de la ciencia, aspira a lograr el mismo estatuto que en otras épocas ocupara el discurso religioso.
El hecho es que modernidad y postmodernidad, cada cual, nos presentan ejemplos ilustrativos de dos sentidos que han pasado a ser predominantes: “En nombre de la verdad y del bien, no se deja de masacrar a los que tienen opiniones consideradas ‘desviadas’, porque, al no poder eliminar ‘quirúrgicamente’ las opiniones contrarias a ‘la verdad’, se hace necesario eliminar a los sujetos y a los pueblos a través de los cuales ellas se materializan. Por otra parte, en nombre del respeto de las opiniones, se proclama que todas ellas son equivalentes y más o menos respetables según un único criterio cuantitativo. Así, las opiniones criminales más odiosas tienen derecho a la existencia junto a las otras, sin que se tenga la posibilidad de enunciar su carácter esencialmente criminal.”3
Se trata de una pugna entre dos entidades, el sentido común y el pensamiento crítico. Es de esa pugna que algunos autores infieren la preeminencia de un significante dominante y descriptivo de nuestra época actual, al que denominan como “lo no sabido”, época de desaparición de todos los saberes que proponían una mirada totalizadora y proveedora de direcciones a sus practicantes para definir siempre un qué hacer en cada caso.
Hay que recordar que el siglo XIX debutó con la esperanza y la utopía y finalizó con la desilusión y la falta de compromiso. El sentido común es definido como “aquel que rechaza violentamente toda puesta en duda de sus enunciados…”4 Es por eso que el sentido común debe relacionarse con el Yo, en tanto que ambos comparten la resistencia a los cambios, la vocación por instalarse en una condición que es, inclusive, la del sufrimiento permanente y la tendencia a rechazar toda propuesta de modificación de un estado de cosas que tiende a la perdurabilidad.
La pulsión de muerte en tal sentido remite a lo individual, cada ciudadano espectador la porta, hasta llegar a aficionarse con confundir vivir con sobrevivir y disertar con habladuría. El sentido común es expresión de la pulsión de muerte a nivel social. Siendo la pulsión de muerte constitutiva de esa expresión social, no debemos llamarnos a engaño con respecto a que las masas, el pueblo, siempre sean capaces de éxito democrático. Es que “la fuerza del pensamiento, capaz de determinar los polos dominantes en el sentido común, se materializa en los movimientos de masas. Esto ocurre tanto para bien como para mal, lo que nos obliga a aceptar la dura constatación de que, aunque queramos que las masas no se engañen, ellas apoyaron, en un momento dado, al fascismo.”5
En la actualidad, entre nosotros, la lucha entre el sentido común y el pensamiento crítico, parece estar aferrando a ambos, a unas determinaciones tan “lejanas” e “invisibles”, como las que pasaremos a considerar.
VI. DE LAS VÍCTIMAS AL SUJETO
Los dos, tanto el sentido común como el pensamiento crítico, están apelando a la defensa irrestricta de las víctimas. Es lo que sus voceros llaman disputarse el favor de las masas. La guerra está llegando para muchos ciudadanos espectadores que ya no pueden evitar que se los lleven, y entonces, la provisión de víctimas para quienes necesitan abastecerse de ellas con el fin de no desaparecer del escenario en el que se representan a sí mismos como representantes, el escenario de la democracia actual, es algo que no cesa de repetirse.
Cuando desde el psicoanálisis postulamos el concepto de sujeto, nos referimos justamente a ese que no puede estar representado por el Yo-conciencia, más que por la vía de los fracasos de este por determinar un orden. Representándonos a nosotros mismos como “población civil inocente” o como “población que nada tiene qué ver”, nos estamos representando a través de una congregación de “yo-conciencias” en la que nuestra condición de espectadores pasivos niega la inocencia y nuestra reverencial temor por la verdad nos conduce a tener “nada qué ver”. El estatuto que adquirimos, entonces, es el estatuto de víctimas, que viniendo a sustituir el otro estatuto, el de sujetos, nos coloca en la perspectiva de oferta para un mercado como el de la guerra en el cual los consumidores y los vendedores de los tiempos de paz son reemplazados por las víctimas y los victimarios. Nuestro destino, en tal sentido, es responsabilidad nuestra, pues al satisfacernos la degradación al estatuto de víctimas, estamos ofreciéndonos como tales o como militantes de cualquiera de los bandos que se postulan como representantes de la buena causa y vengadores.
La pulsión de muerte encuentra en este estatuto una oportunidad feliz para que un intento por superar la pobreza espiritual se haga por el lado de afiliarse a la felicidad de la guerra. Es que reducidos al estatuto de víctimas, el único sujeto posible que queda es el Estado (o bien el Estado actual o bien el que nos es propuesto a futuro); y siendo el Estado el único que accede a la condición de sujeto, a lo único que da lugar es a la política del Amo, política que cuando ha conocido malestares como el nacionalsocialismo y el fascismo, se traduce en la proliferación de funcionarios y ciudadanos que deciden qué razas, qué credos, qué profesiones, qué géneros, merecen pertenecer a la humanidad y cuáles no. La polarización de la guerra en Colombia nos indica que el Estado actual, no parece fortalecido ni interesado en fortalecerse contra esta perspectiva y, por el contrario, pareciera tentado a ensayar con una de ellas, primero ilegalmente y negando su participación y luego, cuando la correlación de fuerzas se encuentre a su favor, de modo abierto.
El Estado, quien quita y pone según su naturaleza, ocupando el estatuto de único sujeto, nos lleva a establecer semejanzas, entre nosotros, solamente en el hecho de que cada uno es privado de un derecho y que la única diferencia la constituye aquel derecho del cual cada uno haya sido privado. Nuestro destino, exclusivamente grato a los intereses de ese Estado, no será otro que el de consumidores, identidad que, como es sabido, es la identidad propia de ciudadanos que gozan solamente de derechos (el derecho del consumidor) pero no de deberes, es decir, de ciudadanos lactantes.
Un trabajo de contribución a la recuperación de los efectos de la guerra en los pobladores, debería proponerse el revisar dentro de los discursos que convergen en la sustentación de sus hipótesis de trabajo, la tendencia a la defensa irrestricta de las víctimas y, en consecuencia, proponerse realizar labores destinadas a poner en cuestión los aparentes beneficios obtenidos por esta tendencia a aceptar la sustitución del estatuto de sujetos por el estatuto de víctimas. “Un” destino, “un” objetivo: lograr que, como sujeto, se prohiba a sí mismo la complacencia con ser tratado como objeto de conmiseración y de lástima. Contribuir a que encuentre el camino que le permita bajarse de esa alta estimación que tiene por la condición de víctima, presa de la pulsión de muerte, del sentido común.
VII. LAS MARCAS DETERMINISTAS DE LA MEMORIA Y LA OPERACIÓN HISTORIADORA DEL PENSAMIENTO
La prédica de las virtudes de la memoria suele acompañar los proyectos de intervención psicosocial en las poblaciones. Las marcas deterministas de la memoria aluden a un trazo, a una cicatriz, a un estar marcado por… Ellas revelan la ausencia de un término capaz de conducir a un punto de exceso en virtud del cual ellas cesen y dejen lugar al advenimiento de otra cosa.
Nos llama la atención que a donde somos convocados a realizar una intervención se suele advertir que en tal o cual población el duelo no ha sido elaborado. Estos términos (elaboración del duelo), procedentes de la fecundidad pero también de los impasses del trabajo de Freud, ha pasado a constituirse en verdadero sentido común mediante el cual uno de los objetivos de toda intervención psicosocial que se respete debe dar cuenta explícitamente. Tales términos, junto con los de la “elevación de la autoestima” y “reconstrucción del tejido social”, se han tornado tan repetitivos y tan insolventes, como los de “población civil inocente” y “población que no tiene nada qué ver”.
Como se trata de “elaborar el duelo”, entonces démonos a propiciar todas las estrategias recomendadas. Una de ellas, tal vez la más socorrida, consiste en llevar a las poblaciones a que recuperen recuerdos con respecto de la masacre sufrida… Muy bien… vaya usted a una población en la que el escenario sigue ocupado por guerreros o delegados-informantes de estos que propiciaron la masacre y “ponga” a la comunidad a hablar de lo que pasó…
…Para que pueda elaborar el duelo…
Y la comunidad, que puede equivocarse pero no por tonta, dele a no hablar de lo sucedido, dele a callar. Y entonces aparecen los diagnósticos pintorescos que establecen que en la comunidad existe una resistencia –que si es considerada como tal entonces debe considerarse en su vecindad con la pulsión de muerte – y que por tanto no puede elaborar el duelo. Pero jamás se preguntan si acaso ese silencio es un silencio calculado y decidido en virtud de salvar la vida toda vez que se sabe de la continuidad de la presencia de los guerreros después de producida una masacre… Y no se lo preguntan porque, entre otras cosas, muchas propuestas de intervención psicosocial combaten la guerra desde la ilusión en un ideal de sociedad en la cual la armonía signifique eliminación de todos los conflictos. Es que la buena causa no es patrimonio solamente de los bandos en que se agrupan los guerreros sino también de algunos que se lanzan a combatir la guerra armados de un valor derivado de ese ideal de sociedad armónica por el cual están dispuestos a dar todo de sí, hasta la propia vida…
Nosotros tendemos a creer que el actual conflicto ha sido el resultado de una particular manera organizada de elaborar un duelo sobre las bases del peso de las marcas deterministas de la memoria, memoria que es elevada al rango de argumento justificador de la constitución originaria de cada bando.
No hay que olvidar que las negociaciones de paz que fructifican generalmente lo hacen sobre el acuerdo de definir una política de perdón y olvido. Se supone que impuesto el olvido por la vía de una reglamentación precautelativa (diseñar una determinada constitución, elevarse al rango de senador vitalicio, calificar a los crímenes atroces como cometidos en defensa de una buena causa…), advendrá la armonía toda vez que los afectados por todos los bandos quedarán sometidos a una fuerza que será la encargada de usar los bolillos esta vez en su función de productores de amnesia… Es una suposición porque de todas maneras la indemnización deberá cuando menos resarcir en lo económico la imposibilidad de haber evitado la muerte de un ser querido, y siendo las perspectivas económicas las que nos son anunciadas día a día por la realidad, creemos que el temor a la paz anidará en todos aquellos necesitados de sustituir el empobrecimiento de sus existencias por asumir una militancia que los provea de la felicidad que creían perdida.
A las marcas deterministas de la memoria, siempre habrá que oponer la capacidad historiadora del pensamiento. Constituirnos en historiadores y no en repetidores de aquellas marcas, significa introducir la interpretación de lo que nos ha acontecido como elemento capaz de llevarnos a crear una situación de distancia para, de este modo, reestablecer no solamente la imagen sino la carga interpretativa que espontáneamente fuimos construyendo y que es, justamente, aquella que deberemos confrontar con nuevas interpretaciones. Recordemos con Machado que “se miente más de la cuenta por falta de fantasía, también la verdad se inventa”. La guerra resuelve la infelicidad de una existencia, porque da vía libre a la retaliación y a un odio, de los cuales el sujeto no sabe que sabe su procedencia, una procedencia que muchas veces antecede al tiempo en ocurriera la afrenta que hoy invoca para justificar sus acciones presentes.
Nos hemos convencido demasiado fácilmente (¿demasiado fácilmente?) de que los guerreros saben por qué hacen la guerra y, también que saben cómo hacerla, esto es, que dominan un arte, el arte de practicar la política por otros medios… pero tal vez porque en la política colombiana la corrupción ha mostrado los alcances que puede llegar a tener, los guerreros son aquellos que han sabido manejar con mayor experticia ese arte que, como el de la guerra, la primera víctima que provoca es la verdad.
Tal vez tan fácilmente como para que privadamente muchos ciudadanos practiquen un discurso contradictorio con las declaraciones que ofrecen en público. Unos sí a la paz, públicos, contrastantes con declaraciones privadas en contravía de ellos. Ahí tal vez tengamos uno de los signos del modo como entre nosotros se ha procedido a elaborar el duelo, la perversidad, la corrupción… y en esta no podemos alegar inocencia, no podemos afirmar que nada hayamos tenido qué ver. Nuestra negativa a asumirnos sujetos y a decidirnos por ver lo que haya qué ver, nos coloca como sujetos responsables de la realidad de la cual nos quejamos a tiempo que instalados en ese deporte tan febrilmente practicado por el YO que es la denegación, esa capacidad, verdadera capacidad para negar que el conflicto nos habita y, secuencialmente negar que estamos negando eso.
VIII. DE LA PERVERSIDAD A UNA TRANSGRESIÓN: ELEMENTOS MÍNIMOS PERO NECESARIOS PARA PENSAR SI EXISTE UN MALESTAR… EN LA BARBARIE.
Finalizaré esta presentación argumentando a favor de la necesidad urgente de establecer praxis alternativas que se puedan proponer lejos de una institucionalidad o, a sabiendas de la necesaria dependencia, en ocasiones, de esta, y en lugar por propender reconstruir un tejido social que ya ha revelado hasta la saciedad su compromiso con los resultados que conocemos, propender por el establecimiento de nuevos hilos para nuevos lazos sociales.
El hilo rojo mediante el cual podemos inferir el estado total de la soga ya ha mostrado el suficiente número de rupturas que nos permite establecer el estado de la soga en su conjunto. Nuevos hilos, nuevos tejidos, para nuevas velas, para un nuevo barco. Las víctimas no lo son en tanto que espectadoras pasivas de su estado; pretender construir un tiempo sin fallas, sin sorpresas, sin fracturas, totalmente obediente con las prescripciones hechas por la política del Amo y que discurre a través de ciencias que se postulan como arquitecturas de las demás, sobre todos las ciencias contables arquitecturas actuales de la salud y de la educación, es contribuir a ese “perverso mecanismo de base gracias al cual la víctima, que percibe su realidad como ‘necesaria’, comparte con sus verdugos la misma visión del mundo.”6
En lugar de imaginar paraísos posibles, frente a la sociedad de la muerte como espectáculo y de la mercancía, nos corresponde asumir el mirar cara a cara la monstruosidad de la tragedia. El estudio y el análisis de la realidad, la decisión de comenzar a hablar contra la habladuría, vivir contra la supervivencia. “Debemos empezar a sospechar que lo que nos ocurre es una vida y que, tal vez, podríamos tener algo qué ver.”7
Por nuestra parte creemos estar contribuyendo al tenor de estas intenciones. Sabemos que para el ejercicio del psicoanálisis, contestar afirmativamente al llamado a realizar intervenciones psicosociales, pasa por reafirmarse en su decisión por la ética, una ética de la verdad, un atrevimiento a decir por fuera de las exigencias del discurso de un Amo que aspira a banalizar no solamente la muerte sino todo conato de pensamiento crítico. Carece de sentido repetirse en prácticas que se confinan a carecer de historias en las cuales se enreden, se equivoquen, se obliguen a preguntarse cosas, ansiosa por ignorar que ellas también se fundan en mitos. Decidirse por establecer una escucha dispuesta a descubrir todo aquello que no cesa de ser dicho y todo aquello que no cesa de ser callado. Procurar la construcción de nuevos ágoras en los cuales poder eximirnos de quedar siempre presos en un tejido social construido para ignorar las determinaciones lejanas e invisibles que lo soportan.
Muchas gracias.
Eduardo Botero Toro*
Psicoanalista
CONFERENCIA PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA
SEPTIEMBRE 13 DE 2002
1 Elías, N. Citado por Betancourt E., Darío, Mediadores, rebuscadores, traquetos y narcos. Antropos, 1998, pág. 23.
2 Estas notas se amparan en el libro de dos autores. Cf., Benazayag, Miguel y Charlton, Edith, Esta dulce certidumbre de lo peor, Buenos Aires, Nueva Visión, s.f.
3 Ibid, pág. 154-5.
4 Ibid, pág. 117.
5 Ibid, pág. 124.
6 Benazayag, Miguel y Charlton, Edith, Crítica de la felicidad, Buenos Aires, Nueva Visión, 1992, págs. 87-8.
7 Ibid, pág. 121.
* Coautor junto con Rodrigo Solís, Marta López y Enrique Velásquez, del libro Duelo, acontecimiento y vida, Santa Fe de Bogotá D.C., ESAP, marzo del año 2000. Asesor de Programas de Atención Psicosocial de ESAP, Humanizar, Cruz Roja Colombiana. Coordinador del Foro de los Sueños desde el Sur del Planeta (www.topia.com.ar).

