Víctima, memoria, subjetividad y pensamiento
Por Eduardo Botero Toro*
Si como sostiene Laurent Cornaz “pensar una práctica no consiste en calcular sus efectos, sino en reconocer en qué historias se encuentra enredada, qué mito la funda”1, nuestra experiencia como psicoanalistas que participamos dentro del que se denominó Proyecto Rescate Simbólico de Opción de Vida para la población de Trujillo, Valle, adquirió suficiente cantidad de historias necesaria para establecernos teóricamente enredados en una expresión del conflicto que vive el país y para avanzar en descubrir con base en qué mitos se fundamenta nuestra acción.
En cuanto a que nos negáramos a calcular los efectos de nuestra intervención o a que por lo menos en nuestra respuesta afirmativa a la invitación que recibimos de otros profesionales, prometiéramos ser eficaces, digamos que esto de la eficacia es una de las historias en las que puede verse enredada la práctica psicoanalítica, tanto porque siendo una práctica social, no puede escabullirse de responder a la demanda de eficacia que el actual malestar de la cultura impone a todas las prácticas sociales. Digamos por lo pronto que no nos ofrecimos como garantes de curación ni vigilantes de la adaptación de la población afectada: nuestra explícita postulación como acompañantes de un proceso creíamos nos servía para eximirnos tanto de un voluntarismo terapéutico reproductor de la condición de pacientes de los afectados como de cierto espíritu misionero que eleva cantos de alabanza a la autoinmolación y al sacrificio a la causa de la paz, espíritu comprometido con aquellos mismos ideales milenaristas que en mucho han contribuido al conflicto que vivimos en Colombia.
Ni terapeutas ni redentores, la aceptación a diseñar un modelo de intervención psicosocial significaba un reto: dar cuenta de una posibilidad de acompañamiento de los afectados por lo que se conoció como “la masacre de Trujillo”, de tal modo que de dicho acompañamiento surgieran modos de representación de lo trágico que posibilitaran iniciar el salto de la queja a la elaboración posible del acontecimiento. Tanto en los afectados como en nosotros mismos, toda vez que nuestro empeño por creer que desde el psicoanálisis podíamos contribuir a ello, sabíamos que inexorablemente nos conduciría a cuestionar nuestra manera de acometer trabajos (las llamadas intervenciones psicosociales) y por ende a pesquisar en más historias enredadas y en los mitos fundadores de nuestra práctica.
La queja nos agrupaba con los afectados: si en materia de participación del psicoanálisis en guerras, conocíamos algunos aspectos de la experiencia de un Wilfred Bion y la felicitación explicada realizada por un Jacques Lacan respecto de la misma2, dicho conocimiento nos revelaba el modo como Bion y colaboradores habían contribuido a la calidad de las tropas inglesas en el combate mejorando su capacidad, desde lo psicológico, para hacer frente al adversario nazi.
No obstante, y tal como sostiene Lacan, no debe olvidarse un hecho que es fundamental para el psicoanálisis, no tanto en cuanto a que su práctica genere exitosamente efectos, y es que en su propuesta práctica Bion introduce una dimensión de análisis que Freud habría descuidado en su texto Psicología de las masas y análisis del Yo. Mientras que Freud privilegiaría el análisis de las relaciones de las masas con los jefes, esto es, la dimensión vertical del asunto, Bion privilegiaría el estudio de las relaciones horizontales, las que se establecen entre quienes conforman una masa o un agrupamiento determinado.
Sabido es que en los propósitos de las llamadas intervenciones psicosociales suele postularse como objetivo de las mismas la contribución a la reconstrucción del tejido social, el cual, es de suponer, queda destruido como consecuencia de una masacre. Nos parece que dicho objetivo se postula un tanto a la ligera, significando implícitamente que el tejido social o lo que se entienda por tal, nada tendría que ver en la ocurrencia de una masacre, uno de cuyos componentes, la eficacia de los victimarios, parecería proceder exclusivamente de habilidades y atributos de estos.
Un nuevo enredo, pues, en qué pensar: nosotros, en nuestro trabajo, nos negamos a estudiar el por qué los criminales son tales y más bien procedimos a averiguar por qué son eficaces. Si en la experiencia de Bion, lo que se estableció fue que la eficacia de los nazis contra los ingleses le era conferida por la calidad anímica de aquellos ingleses reclutados para ir al frente, esto lo que nos indica es que la eficacia de los nazis no provenía solamente de su entrenamiento y de sus habilidades particulares sino que a ella también contribuían, en gran medida, las debilidades propias del adversario. Por así decirlo, el tejido social del ejército inglés, contribuía notablemente a la eficacia nazi. Bion lo estableció así, entonces había que construirlo de nuevo, sobre nuevos parámetros, con nuevos criterios de exigencia, no solamente seleccionado a los mejores, sino también llevando a cabo labores grupales con los que no lo eran, preocupándose por todo aquello que lesionara el honor y la dignidad del soldado por cuanto heridos ambos –honor y dignidad- resultaba imposible pretender que fueran eficaces al momento participar en la ejecución de una maniobra determinada, por la exigencia de disciplina y concentración de ésta.
En lo que corresponde al tejido social de Trujillo, contamos con dos aproximaciones, una teórica y otra descriptiva. La primera fue tomada por Darío Betancourth de N. Elías y dice así: “las dependencias que unen a los individuos entre sí no se limitan a las que puedan tener experiencia y consciencia y las situaciones de interacción y las redes de relaciones son todos los días articuladas a determinaciones lejanas e invisibles que a la vez las vuelven posibles y las estructuran”3. La segunda corresponde directamente al investigador colombiano (asesinado el año pasado en Santa Fe de Bogotá) en la cual describe algunas características de ese tejido social que es propio toda la región del norte del Valle del Cauca: “…predominio del autoritarismo que se ampara en la marcada privatización de lo público, el peso de lo individual, el enorme valor de lo transaccional por sobre lo espiritual, la supervivencia de relaciones de prestigio amparadas en el poder de las herencias y de los linajes…”4
Si en algo creíamos necesario avanzar, era justamente en establecer de qué manera, en la población, la masacre había sido posible y los victimarios eficaces. De qué manera quiere decir, de qué modo la misma población afectada estaba atravesada por las consideraciones que sirvieron de justificación a los victimarios y a sus cómplices y cómo, sin proponérselo deliberadamente, contribuyó a la eficacia criminal de ellos.
Para lograrlo era necesario poner bajo estudio tres elementos que por descuidarse contribuyen a mantener girando en un círculo vicioso, los propósitos formulados por diversas propuestas de intervención psicosocial en nuestro medio y en otros países. Dichos elementos son: la conceptualización del trauma, la defensa demagógica, interesada e irrestricta de las víctimas y, finalmente, una cierta predicación de las virtudes de la memoria. Círculo vicioso cuyo giro implica la vuelta siempre sobre el mismo punto, esto es, a colocar las pretensiones de acompañamiento presas de la misma ideología que nutre la ocurrencia de las masacres: a nombre de alguna causa, para que el adversario se debilite y jamás lo olvide. Podríamos decir que a la intimidación, la intervención psicosocial viene a refrendar, con una contestación especular, la validez de una concepción acerca del trauma, a disputarse el favor de las víctimas y a señalar la importancia de no olvidar para el futuro de paz que se desea*.
TRAUMA COMO HECHO Y TRAUMA COMO ACONTECIMIENTO
En nuestro propósito de discurrir mediante la meditación reflexiva en lo concerniente al concepto de trauma, las ideas de un Derek Summerfield5 y las de Enrique Velásquez (otro de los coautores de Duelo, acontecimiento y vida), fueron indispensables para proponer un modo de intervención psicosocial que se distanciara de aquel que se desprende de la caracterización del estado de la población afectada como víctima de un Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT).
Derek Summerfield es un Psiquiatra Comunitarista que trabaja desde Oxford, asesorando programas de intervención psicosocial en poblaciones afectadas por la guerra. Cuenta no solamente con una experiencia magnífica sino que ha sido generoso en publicar sus trabajos e invita constantemente a que se le escriba directamente a él todo aquel que tenga algo que decir al respecto del asunto. Este autor considera que el diagnóstico de TPET, obedece a una generalización abusiva que comporta dos ideas: la primera, se refiere a la entronización del concepto de trauma en vastos sectores de la opinión pública, con la aseveración de que su ocurrencia tendrá efectos psicológicos que perdurarán por el resto de la vida; la segunda, concluyente: si existe trauma en casos de violación, abuso sexual de niños, etc., puede considerarse incuestionable que la tortura, la atrocidad y el desplazamiento, con mayor razón, constituirían una experiencia traumática en sus víctimas. El autor considera que, los relatos aportados por los afectados por la violencia, en lugar de aludir a un real de lo acontecido, más bien demuestra cómo “el discurso occidental sobre el trauma está dando forma y regulando experiencias de violencia”6.
En consecuencia, para el psiquiatra inglés, resulta extravagante considerar a la guerra como un tipo de emergencia de salud mental, comparando la supuesta epidemia oculta representada por el TPET con “un agente infeccioso capaz de causar patología en gran escala”7. Más extravagante, aún, que el afectado desconoce que sufre de eso: “es simplista concebir a las víctimas como meros receptores pasivos de los efectos psicológicos negativos los cuales pueden ser juzgados como presentes o ausentes”8. Con razón el autor se ve fortalecido en su argumentación, al demostrar la poca bibliografía médica existente para probar que exista una vulnerabilidad psicológica en caso de guerra y una terapia específica para reparar las consecuencias. Decimos que con razón, porque bibliografía psicoanalítica al respecto no propiamente de la vulnerabilidad psicológica pero sí de la felicidad con la que los humanos se involucran en la guerra, no solamente es abundante sino que ella tampoco deviene en postular terapias específicas… contra esa felicidad…
En lo que respecta a Enrique Velásquez9, “la noción de ‘trauma’ (…) sitúa al sujeto en una condición de pasividad, acto del cual deberían separarse las acciones de ‘atención psicosocial’ en las situaciones de desastre”10. Velásquez se detiene en la significación corriente de la palabra trauma la cual “supone el uso exclusivo de la medicina”11 y luego se refiere a la connotación psicoanalítica: “… a partir de este empleo psicoanalítico, la noción de trauma adquiere en el lenguaje corriente un cierto aire de descripción científica”12.
Tanto Summerfield como Velásquez no se refieren al hecho de que la noción de trauma, en Freud, si bien es cierto evolucionó de una connotación de suceso de la realidad a suceso de la fantasía, las consecuencias que se derivan de dicha evolución ponen de presente que el objeto descrito es afectado por el discurso que sobre él se despliega: si traum (sueño, en alemán) apunta a presentar lo que acontece en el psiquismo humano, mal obraríamos si no contempláramos la posibilidad de que el concepto trauma en nuestra lengua, estuviese afectado por un fenómeno de… traducción.
Por nuestra parte consideramos que en Freud la palabra trauma jamás es confundida con traumatismo, lo que de entrada produce una diferencia con el concepto médico para el que resulta esencial la existencia de un elemento exterior, físico, que golpea al individuo. Más que de una cosa así, de lo que se trata es de una escena en la cual se desarrolla un libreto y del cual se derivarán consecuencias en los afectados.
Después de 1897, Freud se encuentra con que existe algo que puede sustituir la ocurrencia de una acción por parte de un adulto, remitiendo a otro orden, la fantasía y ya no procede, por tanto, el individuo, como sí el sujeto, específicamente aquel que no se encuentra descrito por el yo pienso cartesiano, sujeto de la conciencia, sino aquel que se instala en el inconsciente, sujeto de su propia eticidad13. No se trata pues de quien pasivamente recibe un traumatismo, se trata de alguien que de algún modo, frente a lo catastrófico, no puede alegar que nada haya tenido que ver…
Mientras el yo-conciencia invoca la impotencia -el no poder- para explicarse la eficacia del victimario, el sujeto del inconsciente no puede menos que reconocer la impotencia como poder no. Del no poder hacer nada, al poder hacer eso, nada, va una distancia que escotomizan todos aquellos que por una u otra razón necesitan hacerse a un lugar en la representación de las víctimas.
Doble acepción para esta representación: como objetos de representación de las víctimas y en tanto que el representante tendría justamente aquello que le hace falta a ellas (educación, capacidad de liderazgo, relaciones en el ámbito de un poder superior, capacidad de sanación, etc.), para lo cual la falta que hay en la víctima es suturada por la permisividad hacia el representante al que aloja precisamente allí, en ese lugar y no en otro. Pero, además, representantes en cuanto son portadores de una palabra que va desde la interpretación que hacen de los intereses de las víctimas, pasando por lograr que estas hagan suya una palabra que no es otra cosa que el testimonio de la propia falta suturada, quedando reducidas, exclusivamente, a la condición de objetos de un estudio que desde diversas vertientes da cuenta de su realidad, de sus intereses, de lo que les conviene o no…
“Siendo la impotencia un ingrediente activo del estado de terror en que se instalan los afectados por una masacre, creemos que buena parte de ella proviene de constituyentes de su subjetividad que inconscientemente comparte con las justificaciones ideológicas del agresor”14, escribimos en nuestro trabajo. Pues bien, sea este el momento de reafirmar que esta aseveración, creemos, es la que debe incluirse al momento de caracterizar lo traumático del acontecimiento. Dar cuenta de la emergencia de dichos constituyentes de la subjetividad, exige poner a un lado la pretensión de significar la afectación mediante la comprobación de un listado de signos y de síntomas.
VÍCTIMAS O SUJETOS
Con todo lo anterior, la defensa demagógica e irrestricta de las víctimas, se constituyen en el lugar común a todas las ideologías que por distintos motivos se disputan el favor de las masas. La noción de víctima lo que logra es “sustituir otra noción mucho más amplia y necesaria para tener en cuenta en un proceso de acompañamiento que se ponga, deliberadamente, a distancia del afán de perpetuar la postración en las poblaciones”15. El concepto de sujeto, sujeto del inconsciente, significa que con quien debemos ir es con aquel que se prohíba a sí mismo ser objeto de conmiseración y de piedad. Conmiseración y piedad fue lo que estuvo ausente en los victimarios, ciertamente, pero justamente porque ellos se consideran ejecutores de una acción destinada a cumplir con un ideal que se representan justo y necesario. Esto vale tanto para el perpetrador de masacres como para el secuestrador que delinque amparándose en una justificación basada en la buena causa. A la indignidad y avergonzamiento que sucede a una masacre, en la que los auto reproches no son del todo representantes de un imaginario salido de cauce… la piedad y la conmiseración no hacen sino desconocer que las víctimas no están pidiendo un favor sino exigiendo que se cumplan ciertos derechos.
Siendo conculcada la condición de sujeto, la victimización de las víctimas (verdadera segunda masacre perpetrada contra su dignidad), no hace sino colocar la condición de sujeto en el Estado y en sus representantes, gubernamentales o no. Todos nos semejaríamos en el hecho de cada uno ser privado de un derecho y solamente nos diferenciaría el derecho del cual cada uno haya sido privado. No puede entonces suceder menos que la concesión a que sea el Estado el único que acceda a la condición de sujeto, que quita y pone según su naturaleza. Estamos en terreno conocido: no existirá, entonces, sino una política, la política del Amo, que dentro de su estrategia de representatividad requiere no solamente de una provisión constante de víctimas sino de regular los términos en que esta provisión se produzca*. Es a lo que un trabajo de acompañamiento debe responder cuando trate de definir los postulados sobre los cuales basará su intervención.
LAS MARCAS DETERMINISTAS DE LA MEMORIA Y LA OPERACIÓN HISTORIADORA DEL PENSAMIENTO
Ponerse a distancia de los efectos deterministas de la memoria significa colocar sus marcas expuestas a la posibilidad de nuevos términos capaces de crear aquel punto de exceso con lo cual aquellas cesen y dejen su lugar al advenimiento de otra cosa. No de otra manera entendemos una de las acepciones del término elaboración. Pero de esa otra cosa no podemos convertirnos en gurúes; cada cual deberá dar cuenta de su propio destino y asumirlo. Nuestra propuesta de acompañamiento no se instrumentaliza como muleta ni como silla de ruedas ni como continente receptor y metabolizador de las emociones, de los pensamientos y de las acciones de los acompañados.
Lo que cada uno debe hallar es la representación de ese trozo de sí irrecuperable con la pérdida de su respectivo familiar y/o amigo16. Ese algo que viene a constituirse en una reedición de aquello que habiendo sido perdido, jamás regresará. Los trozos de sí pueden ser singulares o comunes a varios sujetos, aunque siempre estará la versión propia de cada cual para dar cuenta de las características de su particular trozo de sí que se ha ido con el que ha sido arrancado de la vida, de la amistad, del amor o del odio*.
Para comprender esto necesitamos ponernos a distancia de la asimilación del duelo con la melancolía, de la conceptualización del trabajo de duelo como operación instrumental de reparación de la imagen del objeto perdido. Implica resignificar la idea de la recuperación de recuerdos, en la perspectiva de introducir la interpretación como componente siempre presente en el recorrido que va del acontecimiento a la memoria. Plantearnos abiertamente partidarios de concebir la memoria como efecto más de interpretación y de instalación como escritura (como letra) que de percepción, servirnos de comparar la huella mnémica, con aquella huella que primero fue grabado, luego dibujo y después letra en la historia de la escritura de la humanidad.
Someter la memoria a un proceso de escritura, el cual implica siempre el acto de pensar; tratar de conducirla desde su afinidad con el afecto (idea reina en el sentido común actual) hasta la letra escrita con el puño17: su puño, su-letra**. Fue lo que sugerimos a los pobladores de Trujillo, Valle, que hicieran y el hecho de que no todos dieran cuenta de lo que pasó con la masacre, la escritura que se produjo dio cuenta de la subjetividad de unos pobladores que identifican como trozo de sí colectivo, casi irrecuperable, la pérdida de una imagen que se representaban como de pujanza, de brío, de empeño y de amabilidad. Casi irrecuperable porque ellos han hecho a través de su organización y de la creación de propuestas de recuperación colectivas, un empeño al cual adjudican la misión de hacerles entender por impotencia, el poder no, que no elimina la alternativa de potenciar sus habilidades hacia el poder sí.
TEXTOS POSIBLES PARA UN CONTEXTO
Durante nuestro trabajo nos encontramos con la lectura de dos libros escritos por los mismos autores18. De la Crítica de la felicidad, tuvimos oportunidad de conocer una descripción del contexto actual; la desaparición del socialismo en varios países no trajo por resultado un compromiso del capitalismo a demostrar que en materia de progreso y de felicidad de los pueblos ahora era el único llamado a cumplir con ellos. Todo lo contrario puesto que si ha existido una época en la que es posible entender mejor El Capital de Marx, es esta: sangre y barro entra derramando por todos los poros. La caída del socialismo real puso al descubierto que, hasta la fecha, la única revolución que ha perdurado en la historia es la burguesa. De paso se nos hace más visible Marx, una vez la teoría de Lenin ha sido contradicha ni más ni menos que por la misma historia. Entonces el libro que mencionamos, nos permite situarnos en un contexto en el cual el significante que predomina es el de lo no sabido y cada cual tendrá que asumir los riesgos que esto representa, toda vez que no es otra cosa que el paso a atravesar la nada (Kierkeggard) verdadera oportunidad para el ejercicio de la libertad. Debemos entonces prepararnos para la ocurrencia de acontecimientos: la discontinuidad, la sorpresa, la fractura, no harán más que obligarnos a dar significaciones de sentidos múltiples. “…al abandonar el mundo de los hechos, a saber, lo que se debe producir en una situación dada, en coherencia con las categorías existentes, el sujeto, frente a lo imprevisible, lo azaroso, al acontecimiento, al borde del vacío, debe poder ubicarse como operador de una decisión, de una elección desgarradora, porque es tomado en ausencia de un saber previo”19.
El segundo libro, Esta dulce certidumbre de lo peor, nos pone al frente de la comparación entre sentido común y pensamiento crítico, en este siglo que habiendo debutado con la esperanza y la utopía*, hoy concluye con la desilusión y… la falta de compromiso. Hoy, a lo que asistimos, es al duelo imposible por un mundo que muchos creyeron posible: un mundo más justo, más digno, sin explotadores ni explotados, sin opresores ni oprimidos… Las versiones legales e ilegales del capitalismo parecieran gozar ahora de total impunidad brindada por el prestigio que les adjudica y complacientemente les concede eso que los diarios y los noticieros no cesan de denominar opinión pública.
Duelo imposible porque la instalación mayoritaria en la quietud nos ha conducido a confundir como vida, la lucha por la supervivencia diaria, y como palabra, la afición por la habladuría. Instalación mayoritaria en la quietud: unos enterrados, otros desaparecidos, otros deambulando por simulacros de lugares que solamente son clones del mismo lugar, el de la muerte.
El sentido común, por esencia, es aquel “que siempre rechaza violentamente toda puesta en duda de sus enunciados”20. Sentido común y pulsión de muerte, en Freud, son estructuras ninguna de las cuales funciona según el principio del placer, lo que explica el por qué los humanos no cambian sus hábitos a sabiendas del displacer que derivan de ellos. Funcionan más allá del principio del placer.
La pulsión de muerte remite a lo individual, el sentido común a lo social. Sentido común y Yo comparten la inercia a los cambios y se oponen al deseo y a la utopía en lo social. Pero, en la fórmula lacaniana, “Yo es otro”; el Yo, presentado de este modo, es el lugar de todas las identificaciones y alineaciones. Las masas, en tal sentido, no pueden ser consideradas como siempre capaces de éxito democrático: “La fuerza del pensamiento, capaz de determinar los polos dominantes en el sentido común, se materializa en los movimientos de masas. Esto ocurre tanto para bien como para mal, lo que nos obliga a aceptar la dura constatación de que, aunque queramos que las masas no se engañen, ellas apoyaron, en un momento dado, al fascismo”21.
Hoy, el lugar del cual procede el sentido común no es otro que el discurso de la ciencia. La normatización del comportamiento, de los hábitos, de los cuerpos, de las mentes y de dónde debe cada uno ir a comprar lo que no interesa saber si necesita o no, se hace desde aquel discurso a través de aquellos recursos técnicos con los que la ciencia demostró su primacía sobre otros discursos del Amo.
Al pensamiento crítico los autores lo presentan como aquel cuya preeminencia le fuera concedida por la modernidad en desmedro del sentido común, a expensas de este. La argumentación y la demostración predominarían sobre la opinión. La posmodernidad sería un retorno de la preeminencia de la opinión en detrimento del pensamiento crítico. La democracia representativa será el escenario en el cual esta preeminencia tenderá a triunfar definitivamente en la medida en que dicha democracia se apoya cada vez más en lo espec(tac)ular. La síntesis que revelan los autores no puede ser más exacta para nuestra propia realidad: “La modernidad y su epílogo, la posmodernidad, nos presentan un catálogo inagotable de ejemplos en los dos sentidos. Por una parte, en nombre de la verdad y del bien, no se deja de masacrar a los que tienen opiniones consideradas ‘desviadas’, porque, al no poder eliminar ‘quirúrgicamente’ las opiniones contrarias a ‘la verdad’, se hace necesario eliminar a los sujetos y a los pueblos a través de los cuales ellas se materializan. Por otra parte, en nombre del respeto de las opiniones, se proclama que todas ellas son equivalentes y más o menos respetables según un único criterio cuantitativo. Así, las opiniones criminales más odiosas tienen derecho a la existencia junto a las otras, sin que se tenga la posibilidad de enunciar su carácter esencialmente criminal”22.
Los autores entonces se hacen esta pregunta: ¿”…cuáles podrían ser las pistas de una nueva figura de la práctica de la libertad, bajo la forma de un ciudadano militante opuesto a la del ciudadano espectador hoy dominante”? Las respuestas que ofrecen deberán ser buscadas por el lector que ellos se merecen y no seremos nosotros aquí, los encargados de presentarlas. Lo cierto es que en lo que avanzan, no dejan lugar a que un nuevo intento por la construcción de un mundo distinto y de una vida distinta, sea la repetición de lo ya vivido y de lo ya sufrido. En Crítica de la felicidad nos lo habían propuesto:
“Que la libertad ‘tenga que ver siempre con algo’, incluido para hipotecarse mejor, es lo que resulta de extrema urgencia entender para dejar detrás de nosotros la imagen del oprimido como víctima total sin ninguna relación con la opresión. Si hablamos de urgencia es porque en todas las visiones revolucionarias que pretendían hacer ‘tabla rasa del pasado’ existe esta ingenua y engañosa idea de que las víctimas podrían serlo en tanto que espectadores pasivos de su estado. La voluntad de reconstitución de este dulce-cebo* de un tiempo sin fallas, constituye el perverso mecanismo de base gracias al cual la víctima, que percibe su realidad como ‘necesaria’, comparte con su verdugo la misma visión del mundo”23.
¿Prosa pesimista? Indudablemente. Pero “…nosotros creemos que para oponerse de manera radical a la sociedad del espectáculo y de la mercancía, no es necesario imaginar paraísos posibles, sino más bien mirar cara a cara la monstruosidad del espectáculo. Para oponerse, para imaginar y crear praxis alternativas, el estudio y el análisis de nuestras sociedades constituyen una motivación suficiente, en el sentido de que aquel o aquella que se está muriendo de hambre no necesita consultar el menú para saber lo que quiere comer. Lejos de las instituciones, de los monstruos centralizados, de los partidos políticos y de los sindicatos, hay que volver a empezar a tejer los hilos de nuevos lazos sociales. Hay que empezar a hablar contra la habladuría, a vivir contra la supervivencia. Las relaciones pueden cambiar en las parejas, en los barrios, en los lugares de trabajo, pero sobre todo, y ante todo, cada uno debe cambiar con respecto a sí mismo. Debemos empezar a sospechar que lo que nos ocurre es una vida y que, tal vez, podríamos tener algo que ver24.
Por nuestra parte no consideramos estar contribuyendo más allá de estas intenciones: sabemos que para el ejercicio del psicoanálisis, contestar afirmativamente a la demanda de las llamadas intervenciones psicosociales pasa por su relación con la ética, una ética de la verdad; un atrevimiento al decir sin las pretensiones de eficiencia y eficacia que hoy trazan la renovación de la promesa y del eterno incumplimiento. Carece de sentido ofrecer una praxis confiada en la carencia de historias en las cuales se encuentra enredada, ignorante de los mitos en que se funda. De este modo consideramos nuestra propuesta en el orden de una praxis alternativa: atenta a escuchar y asumir aquello que no cesa de ser callado en el decir de los pobladores convocados a intentar la constitución de nuevas ágoras en las cuales eximirse de quedar presas de las lecturas que el discurso del Amo posibilita a través de los media.
Santiago de Cali
*Psicoanalista, coautor con Rodrigo Solís, Marta López y Enrique Velásquez del libro Duelo, acontecimiento y vida, Santa Fe de Bogotá D.C., ESAP, marzo de 2000.
1 Cornaz, Laurent, La escritura o lo trágico de la transmisión, México, Editorial Psicoanalítica de la Letra, A.C. , 1998, pág. 19.
2 Lacan, Jacques, La psiquiatría inglesa y la guerra, en Uno por Uno, Revista Mundial de Psicoanálisis, No. 40, 1994.
3 Elías, N. Citado por Betancourt E., Darío, Mediadores, rebuscadores, traquetos y narcos, Ediciones Antropos, 1998, pág. 23
4 Betancourth E., Darío, Ibid, pág. 24
* Por lo demás, no se trata de cualquier asunto toda vez que las negociaciones de paz suelen concretarse a través de políticas de perdón y olvido.
5 Summerfield, Derek, El impacto de la guerra y de la atrocidad en las poblaciones civiles. –Principios básicos para intervenciones de ONG’s y una crítica de los proyectos de trauma psicosocial, en Castaño, Bertha Lucía, Jaramillo, Luis Eduardo y Summerfield, Derek, Violencia Política y Trabajo Psicosocial, Corporación AVRE, Prisma Ltda., 1998.
7 Íbid., pág. 90.
8 Íbid., pág. 95.
9 Velásquez, Enrique, Crear y Vivir, en Duelo, acontecimiento y vida, Santa Fe de Bogotá, ESAP, marzo de 2000, págs. 144-159.
10 Íbid, pág. 144.
11 Íbid, pág. 144.
12 Íbid, pág. 145.
13 Cf., Sampson, Anthony, Ética, Moral y Psicoanálisis, en Revista Colombiana de Psicología, Universidad Nacional, No. 7, 1998, pág. 86
14 Botero, Eduardo y Solís, Rodrigo, De la queja a la elaboración, en Duelo, acontecimiento y vida, Santa Fe de Bogotá, ESAP, Marzo de 2000, págs. 36-37.
15 Íbid, pág. 41.
* Creemos que la oposición al voto obligatorio proviene del hecho de que el mismo introduciría una des- regularización de los términos en que tradicionalmente los representantes de la política se han abastecido de víctimas. Aunque el voto obligatorio no impediría ipso facto el ejercicio ritualístico repetitivo en el que se cambian votos por baratijas, por lo menos ofrecería condiciones para que emergiera el ciudadano que, obligado a votar, haría más difícil el ser alcanzado por partidos que, cada día más, cuentan con menos militantes…
16 Cf., Allouch, Jean, Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, Córdoba, Argentina, Ecole Lacanienne de Psychanalyse, 1996.
* Porque también puede suceder, como en efecto constatamos, que alguien, objeto de odio conyugal o filial, haya sido víctima de una masacre y entonces la reorganización de la existencia pasa por la dificultad de identificar qué trozo de sí se ha llevado aquel cuya existencia en vida remitía siempre a la fiereza… qué relaciones imaginarias se establecen entre el familiar del odiado y el criminal que ejecuta su muerte… cuántos sueños habrán de ocurrir repetidos y con final siempre aplazado, en los que la realización alucinatoria de un deseo se instale evidenciando que es imposible un no saber con respecto a lo deseado… cómo se recibe el dinero de una indemnización que paga por la muerte de un ser odiado…. No se trata de cualquier trabajo para el sujeto de su propia eticidad…
17 Cf., López Castaño, Martha, Escribir y recordar, en Duelo, acontecimiento y vida, Santa Fe de Bogotá, ESAP, marzo de 2000.
** Permítasenos este pequeño y homofónico homenaje al maestro Estanislao Zuleta…
18 Cf., Benazayag, Miguel y Charlton, Edith,
<!–[if !supportLists]–>- Crítica de la felicidad<!–[endif]–>, Buenos Aires, Nueva Visión, 1992.
<!–[if !supportLists]–>- Esta dulce certidumbre de lo peor –Para una teoría crítica del compromiso. <!–[endif]–>Bs. As., Nueva Visión, s.f.
19 Benazayag, Miguel y Charlton, Edith, Crítica de la felicidad, Buenos Aires, Nueva Visión, 1992, pág.
86. Las negrillas son nuestras.
* “En diciembre de 1899, entre todas las voces que se elevaron para saludar al siglo naciente, la de una mujer revolucionaria y marxista lo saludó como aquel que vería la liberación de la humanidad entera. Esta mujer, Rosa de Luxemburgo, fue asesinada y arrojada al río. Sus verdugos esperaban borrar así hasta el menor recuerdo de las esperanzas que ella encarnaba, aunque fuese el de una piedra fúnebre”. Con estas palabras comienza este segundo libro de Benazayag y Charlton. Año, también, de la Interpretación de los sueños…
20 Mismos autores, Esta dulce certidumbre de lo peor, Buenos Aires, Nueva Visión, s.f., pág. 117.
21 Íbid, p. 124.
22 Íbid, págs. 154-5.
* En francés doux-leurre, dulce-cebo, irreproducible homofonía al español, y fabricado a partir de douler –dolor-.
23 Benazayag, Miguel y Charlton, Edith, Op. Cit. Págs. 87-88.


he estado buscando este texto en fisico durante mucho tiempo, soy estudiante de la universidad cooperativa de colombia y he presencia ponencias de docente solis, me gustaria saber si lo publicado aqui es parte del libro o es el texto completo. ya que me interesa adquirir el volumen.
david ortegon
Comment by david ortegon — October 30, 2008 @ 3:59 am
Hola! estoy haciendo un trabajo sobre Trujillo. y no sé en dónde encontrar el documento que contenga el “Proyecto Rescate Simbólico de Opción de Vida para la población de Trujillo, Valle”. No sé quién lo edita ni en qué biblioteca encontrarlo. Le agradezco una respuesta.
Comment by Angélica — June 9, 2011 @ 11:37 pm
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Comment by UGGS Kopen — October 5, 2011 @ 9:39 am
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